utfidelesinveniatur

jueves, 2 de noviembre de 2017

CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS


Después de regocijarse ayer con aquéllos de sus hijos que han llegado a la gloria del cielo, ora hoy la Iglesia por aquellos otros que esperan, en los sufrimientos purificadores del purgatorio, el día en que podrán reunirse con la asamblea de los santos. Nunca como ahora se afirma en la liturgia de una manera tan impresionante la unidad misteriosa que existe entre la Iglesia triunfante, la Iglesia militante y la Iglesia purgante; y nunca tampoco se cumple de una manera tan palpable el doble deber de cari dad y de justicia, que se deduce para cada uno de los cristianos de su incorporación al cuerpo místico de Cristo. En virtud del dogma tan consolador de la Comunión de los santos, pueden aplicarse a los unos los méritos y sufrimientos de los otros por la oración de la Iglesia, quien, mediante la santa misa. las indulgencias, las limosnas y los sacrificios de sus hijos, ofrece a Dios los méritos sobreabundantes de Cristo y de sus miembros.
La celebración de la santa misa, sacrificio del calvario renovado en nuestros altares, ha sido siempre para la Iglesia el medio principal de cumplir con respecto a los difuntos la gran ley de la caridad cristiana.
Desde el siglo v encontramos ya misas de difuntos. Pero es a san Odilón, cuarto abad de Cluny, a quien se debe la conmemoración general de todos los fieles difuntos. Él la instituyó el 998 y la hizo celebrar el día siguiente a la fiesta de Todos los Santos. Muy pronto se extendió la costumbre a toda la Iglesia,
Todos los días, en el corazón mismo del canon de la misa, en un memento especial en que se evoca el recuerdo de los que se han dormido en el Señor, suplica a Dios el sacerdote conceda a los difuntos la mansión de la felicidad, de la luz y de la paz. No hay, pues, misa alguna en que no ore por ellos la Iglesia. Mas hoy su pensamiento los recuerda de una manera especial, con la preocupación maternal de no dejar alma alguna del purgatorio sin socorros espirituales y de ugruparlos a todos en una misma plegaria. Por un privilegio que el papa Benedicto XV ha extendido a los sacerdotes del mundo entero 1. Concedido por Benedicto XIV a España, Portugal y posesiones españolas y portuguesas de la América del Sur, este privilegio fue extendido a toda la Iglesia por Benedicto XV, con ocasión de la primera guerra mundial.

Sin más por este día dejo a vuestra meditación de la secuencia de difuntos ella nos dice mas de lo que nosotros podríamos decir.

Día de ira,  el día aquél, que
redu
cirá al mundo a cenizas; lo
atestigu
an David y la Sibila .

Cuán grande será el terror, cuan-
do apar
ezca el juez para senten-
ciarlo todo con rigor.

La trompeta, esparciendo atro-
nador sonido por entre los sepul-
cros, nos empujaa todos ante
Dios.

La muerte se asombrará y la
naturaleza, cuando se levante
la criatur
a para responder a su
juez.

El libro, ya completo, será leído,
en el que todo se halla consigna-
do, pa
ra abrir el proceso del
mundo.

Cuando el juez se haya sentado,
se revelará todo secreto; nada
quedará sin castigo.

¿ Qué he de decir entonces, mise-
rable de mí? ¿A qué abogado
recurrir
é cuando aun el justo
apenas estará seguro?

Oh Rey de terrible majestad, que
a los qu
e salvas, salvas por pura
bond
ad; sálvame, fuente de
piedad.

Acuérdate, dulce Jesús, de que
soy la causa de tu obra; no me
pierdas en aquel día.

Al buscarme, fatigado te sen-
taste; me has redimido sufriendo
en l
a cruz; no sea vano tanto
trabajo.
Día de ira 1, el día aquél, que
redu
cirá al mundo a cenizas; lo
atestigu
an David y la Sibila.

Cuán grande será el terror, cuan-
do apar
ezca el juez para senten-
ciarlo todo con rigor.

La trompeta, esparciendo atro-
nador sonido por entre los sepul-
cros, nos empujaa todos ante
Dios.


La muerte se asombrará y la
naturaleza, cuando se levante
la criatur
a para responder a su
juez.

El libro, ya completo, será leído,
en el que todo se halla consigna-
do, pa
ra abrir el proceso del
mundo.

Cuando el juez se haya sentado,
se revelará todo secreto; nada
quedará sin castigo.

¿ Qué he de decir entonces, mise-
rable de mí? ¿A qué abogado
recurrir
é cuando aun el justo
apenas estará seguro?

Oh Rey de terrible majestad, que
a los qu
e salvas, salvas por pura
bond
ad; sálvame, fuente de
piedad.

Acuérdate, dulce Jesús, de que
soy la causa de tu obra; no me
pierdas en aquel día.

Al buscarme, fatigado te sen-
taste; me has redimido sufriendo
en l
a cruz; no sea vano tanto
trabajo.

Justo juez de los castigos, con-
cédeme el perdón antes del día
de la cuenta.

Gimo como reo; la culpa rubo-
riza mi cara; perdóname, Señor,
a mí que te lo suplico.

Tú que has absuelto a María y
has escuchado al buen ladrón;
también a mí me has dado la
esperanza.

Mis plegarias no son dignas;
pero tú, buen Señor, sé benigno,
para que no arda en el fuego
eterno.

Dame un lugar entre tus ovejas
y apártame de los cabritos, colo-
cándome a tu diestra.
Confundidos por ti los malditos,

condenados a las recias llamas,
llámame con los elegidos.

Te ruego suplicante y pros ter-
nado, con el corazón deshecho
como ceniza, que tomes en tus
manos mi destino supremo.

Día de lágrimas, el día aquél, en
que saldrá del polvo el hombre
culpable a presencia del Juez.

Perdónale, pues, Señor.
y tú, Señor, dulce Jesús, dales a
todos el descanso. Amén.