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jueves, 23 de noviembre de 2017

LA CIUDAD DE DIOS (Y/O LA CAIDA DEL IMPERIO ROMANO) SAN AGUSTIN

LOS LATROCINIOS DEL IMPERIO ROMANO

Capítulo IV. Cuán semejante a los latrocinios son los reinos sin justicia
Sin la virtud de la justicia, ¿qué son los reinos sino unos execrables latrocinios? Y éstos, ¿qué son sino unos reducidos reinos? Estos son ciertamente una junta de hombres gobernada por su príncipe la que está unida entre sí con pacto de sociedad, distribuyendo el botín y las conquistas conforme a las leyes y condiciones que mutuamente establecieron. Esta sociedad, digo, cuando llega a crecer con el concurso de gentes abandonadas, de modo que tenga ya lugares, funde poblaciones fuertes, y magnificas, ocupe ciudades y sojuzgue pueblos, toma otro nombre más ilustre llamándose reino, al cual se le concede ya al descubierto, no la ambición que ha dejado, sino la libertad, sin miedo de las vigorosas leyes que se le han añadido; y por eso con mucha gracia y verdad respondió un corsario, siendo preso, a Alejandro Magno, preguntándole este rey qué le parecía cómo tenía inquieto y turbado el mar, con arrogante libertad le dijo: y ¿qué te parece a ti cómo tienes conmovido y turbado todo el mundo? Mas porque yo ejecuto mis piraterías con un pequeño bajel me llaman ladrón, y a ti, porque las haces con formidables ejércitos, te llaman rey.
LAS BATALLAS DE LOS GLADIADORES CONTRA ROMA
Capítulo V. De los gladiadores fugitivos, cuyo poder vino a ser semejante a la dignidad real
Por lo cual dejo de examinar qué clase de hombres fueron los que juntó Rómulo para la fundación de su nuevo Estado, resultando en beneficio suyo la nueva creación del Imperio; pues que se valió de este medio para que con aquella nueva forma de vida, en la que tomaban parte y participaban de los intereses comunes de la nueva ciudad, dejasen el temor de las personas que merecían por sus demasías, y este temor los impelía a cometer crímenes más detestables, y desde entonces viviesen con más sosiego entre los hombres. Digo que el Imperio romano, siendo ya grande y poderoso con las muchas naciones que había sujetado, terrible su nombre a las demás, experimentó terribles vaivenes de la fortuna, y temió con justa razón, viéndose con gran dificultad para poder escapar de una terrible calamidad, cuando ciertos gladiadores, bien pocos en número, huyéndose a Campania de la escuela donde se ejercitaban, juntaron un formidable ejército que, acaudillado por tres famosos jefes, destruyeron cruelmente gran parte de Italia Dígannos: ¿qué dios ayudó a los rebeldes para que, de un pequeño latrocinio, llegasen a poseer un reino, que puso terror a tantas y tan exorbitantes fuerzas de los romanos? ¿Acaso porque duraron poco tiempo se ha de negar que no les ayudó Dios, como si la vida de cualquier hombre fuese muy prolongada? Luego, bajo este supuesto, a nadie favorecen los dioses para que reine, pues todos se mueren presto, ni se debe tener por beneficio lo que dura poco tiempo en cada hombre, y lo que en todos se desvanece como humo. ¿Qué les importa a los que en tiempo de Rómulo adoraron los dioses, y hace, tantos años que murieron, que después de su fallecimiento haya crecido tanto el Imperio romano, mientras ellos están en los infiernos? Si buenas o malas, sus causas no interesan al asunto que tratamos, y esto se debe entender de todos los que por el mismo Imperio (aunque muriendo unos, y sucediendo en su lugar otros, se extienda y dilate por largos años), en pocos días y con otra vida lo pasaron presurosa y arrebatadamente, cargados y oprimidos con el insoportable peso de sus acciones criminales. Y si, con todo, los beneficios de un breve tiempo se deben atribuir al favor y ayuda de los dioses, no poco ayudaron a los gladiadores, que rompieron las cadenas de su servidumbre y cautiverio, huyeron y se pusieron en salvo, juntaron un ejército numeroso y poderoso, y obedeciendo a los consejos y preceptos de sus caudillos y reyes, causando terror a la formidable Roma, resistiendo con valor y denuedo a algunos generales romanos, tomaron y saquearon muchas poblaciones, gozaron de muchas victorias y de los deleites que quisieron, hicieron todo cuanto les proponía su apetito, eso mismo hicieron, hasta que finalmente fueron vencidos (cuya gloria costó bastante sangre a los romanos), y vivieron reinando con poder y majestad. Pero descendamos a asuntos de mayor momento.
Capítulo VI. De la codicia del rey Nino, que por extender su dominio fue el primero que movió guerra a sus vecinos
Justino, que, siguiendo a Trogo Pompeyo, escribió un compendio, de la Historia griega, o, por mejor decir, universal, comienza su obra de esta manera: <Al principio del mundo el imperio de las naciones le tuvieron los reyes, quienes eran elevados al alto grado de la majestad, no por ambición popular, sino por la buena opinión que los hombres tenían de su conducta. Los pueblos se gobernaban sin leyes, sirviendo de tales los arbitrios y dictámenes de los reyes, los cuales estaban acostumbrados más a defender que a dilatar ambiciosamente los términos de su imperio. El reino que cada uno poseía se incluía dentro de los límites de su patria. Nino, rey de los asirios, fue el primero que con nueva codicia y deseo de dominar, mudó esta antigua costumbre conservada de unos a otros desde sus antepasados. Este monarca fue el primero que movió guerra a sus vecinos, y sujetó, como no sabían aún hacer resistencia, todas las naciones situadas hasta los confines de Libra>; y más adelante añade: <Nino robusteció el poder de su codiciado dominio con un largo reinado. Habiendo, pues, sujetado a sus comarcanos, como con el acrecentamiento de las fuerzas militares pasase con más pujanza contra otras naciones, y siendo la victoria que acababa de conseguir instrumento para la siguiente, sojuzgó las provincias y naciones de todo el Oriente.> Sea lo que fuere el crédito que se debe dar a Justino o a Trogo (porque otras historias más verdaderas manifiestan que mintieron en algunos particulares); con todo, consta también entre los otros escritores que el rey Nino fue el que extendió fuera de los límites regulares el reino de los asirios, durando por tan largos años, que el Imperio romano no ha podido igualársele en el tiempo; pues según escriben los cronologistas, el reino de los asirios, contando desde el primer año en que Nino empezó a reinar hasta que pasó a los medos, duró mil doscientos cuarenta años El mover guerra a sus vecinos, pasar después a invadir a otros, afligir y sujetar los pueblos sin tener para ello causa justa, sólo por ambición de dominar, ¿cómo debe llamarse sino un grande latrocinio?
CIRO REY PERSA

Capítulo VII. Si los dioses han dado o dejado de dar su ayuda a los reinos de la tierra para su esplendor y decadencia

Si el reino de los asirios fue tan opulento y permaneció por tantos siglos sin el favor de los dioses, ¿por qué el de los romanos, que se ha extendido por tan dilatadas regiones y ha durado tantos años, se ha de atribuir su permanencia a la protección de los dioses de los romanos, cuando lo mismo pasa en el uno y en el otro? Y si dijesen que la conservación de aquél debe atribuirse también al auxilio y favor de los dioses, pregunto: De qué dioses? Si las otras naciones que domó y sujetó Nino no adoraban entonces otros dioses, o si tenían los asirios dioses propios que fuesen como artífices más diestros para fundar y conservar Imperios, pregunto: ¿Se murieron, acaso, cuando ellos perdieron igualmente el Imperio? ¿O por qué no les recompensaron sus penosos cuidados, o por qué ofreciéndoles mayor recompensa, quisieron más pasarse a los medos, y de aquí otra vez, convidándolos Ciro y proponiéndolos tal vez partidos más ventajosos, a los persas? Los cuales, en muchas y dilatadas tierras de Oriente, después del reino de Alejandro de Macedonia, que fue grande en las posesiones y brevísimo en su duración, todavía perseveran hasta ahora en su reino. Y si esto es cierto, o son infieles los dioses que, desamparando a los suyos, se pasan a los enemigos (cuya traición no ejecutó Camilo, siendo hombre, cuando habiendo vencido y conquistado para Roma una ciudad, su mayor émula y enemiga, ella le correspondió ingrata, a la cual, a pesar de este desagradecimiento, olvidado después de sus agravios y acordándose del amor de su patria, la volvió a librar segunda vez de la invasión de los galos) o no son tan fuertes y valerosos cómo es natural sean los dioses, pues pueden ser vencidos por industria o por humanas fuerzas; o cuando traen en sí guerra no son los hombres quienes vencen a los dioses, sino que acaso los dioses propios de una ciudad vencen a los otros. Luego también estos falsos númenes se enemistan mutuamente, defendiendo cada uno a los de su partido. Luego no debió Roma adorar más a sus dioses que a los extraños, por quienes eran favorecidos sus adoradores. Finalmente, como quiera que sea este paso, huida o abandono de los dioses en las batallas, con todo, aún no se había predicado en aquellos tiempos y en aquellas tierras el nombre de Jesucristo cuando se perdieron tan poderosos reinos o pasaron a otras manos su poder y majestad con crueles estragos y guerras; porque si al cabo de mil doscientos años y los que van hasta que se arruinó el Imperio de los asirios, predicara ya allí la religión cristiana otro reino eterno, y prohibiera la sacrílega adoración, de los falsos dioses, ¿qué otra cosa dijeran los hombres ilusos de aquella nación, sino que el reino que había existido por tantos años no se pudo perder por otra causa sino por haber desamparado su religión y abrazado la cristiana? En esta alucinación, que pudo suceder, mírense éstos como en un espejo y tengan pudor, si acaso conservan alguno, de quejarse de semejante acaecimientos; aunque la ruina del Imperio romano más ha sido aflicción que mudanza, la que le acaeció igualmente en otros tiempos muy anteriores a la promulgación del nombre de Jesucristo y de su ley evangélica, reponiéndose al fin de aquella aflicción; y por eso no debemos desconfiar en esta época, porque en esto,¿quién sabe la voluntad de Dios?