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miércoles, 22 de noviembre de 2017

LOS SIETE DONES DEL ESPÍRITUSANTO


CONTINUACION...
Santo Tomás añade en la Suma Teológica algo que no había dicho en su Comentario a las Sentencias: que los dones del Espíritu Santo son necesarios para la salvación. El libro de la Sabiduría (VII, 28) nos dice, en efecto: "Dios no ama sino a aquel que habita con la sabiduría"; y en el Eclesiástico (1, 28) se lee: "El que no posee el temor de Dios, no podrá llegar a la justicia." Ahora bien, el más perfecto de los dones es el de sabiduría, y el último, el de temor.
Además, observa Santo Tomás, ibid., aun las virtudes infusas, teologales, y morales, que se acomodan al modo humano de nuestras facultades, nos dejan en estado de inferioridad con respecto a nuestro fin sobrenatural, que sería preciso conocer de una manera más penetrante, más viva y más sabrosa, y hacia el cual deberíamos aspirar con ímpetu más resuelto (a).
La fe permanece esencialmente imperfecta, aun cuando sea virtud muy alta, por tres razones: l9, por la oscuridad de su objeto, que no percibe inmediatamente, sino como en un espejo y de manera enigmática, in speculo et in enigmate (I Cor., XII, 12); 2°, porque no lo alcanza sino mediante múltiples fórmulas dogmáticas, siendo así que Dios es soberanamente simple; 3° porque llega a él de modo abstracto, por medio de proposiciones afirmativas y negativas (componendo et dividendo), cuando la realidad es que el Dios viviente es la luz de la vida, y sería preciso poderlo conocer no de manera abstracta, sino en forma cuasi experimental.
La esperanza participa de esta imperfección de la fe, y aun la misma caridad, ya que es la fe la que le propone su objeto.
Con mayor razón la prudencia, aun la infusa, adolece de idéntica imperfección, por el hecho de verse precisada a recurrir al razonamiento, a las razones de obrar, para dirigir las virtudes morales. Muchas veces queda vacilante, por ejemplo, al tener que responder convenientemente a una pregunta indiscreta, sin descubrir un secreto ni faltar a la verdad. Para salir airosos en casos semejantes nos sería preciso una buena inspiración; lo mismo para resistir eficazmente a ciertas tentaciones sutiles, violentas y prolongadas.
"La razón humana", dice Santo Tomás, "aun cuando se halle perfeccionada por las virtudes teologales, no puede conocer todo lo que le importaría saber, ni preservarse de todo descarrío (stultitia). Sólo el Omnisciente y Todopoderoso puede poner remedio a nuestra ignorancia, a nuestra imbecilidad- espiritual, a la dureza de corazón y a otras fallas de este jaez. Para liberarnos de estos defectos nos han sido otorgados los dones que nos hacen dóciles a las divinas inspiraciones."
En este sentido son necesarios para la salvación, como las velas son necesarias a una barca para que ésta pueda navegar al impulso del viento, aunque en rigor podría hacerlo a fuerza de remos. Dos maneras muy distintas de avanzar, que a veces pueden también ser simultáneas.
"Por las virtudes teologales y morales", dice Santo Tomás, "no queda, el. hombre elevado a tal perfección con relación a la consecución de su último fin, que no tenga, de continuo, necesidad de ser movido por una superior inspiración del Espíritu Santo". Es, por el contrario, en él, una necesidad permanente; y por esta razón, son los dones en nosotros una disposición infusa permanente.
Y hacemos uso de los dones algo así como nos valemos de la virtud de la obediencia para recibir con docilidad una dirección superior y dejarnos guiar por esta dirección; pero no siempre que queremos gozamos de esta superior inspiración. En este sentido, por ellos somos pasivos con relación al Espíritu Santo y obramos bajo su influencia.
Así se comprende mejor que, al igual que la obediencia, sean los dones en el justo una disposición permanente.
Se ve mejor esta gran conveniencia, y aun esta necesidad de los dones, si se considera, como lo indica Santo Tomás (I, II, q. 68, a. 4, y II, II, q. 8, a. 6), la perfección que cada no tenga siempre necesidad de ser inspirado por el maestro interior (semper, non pro semper)-, algo así como cuando decimos: "necesito siempre este sombrero", no queremos decir que tengamos necesidad de ¿1 desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana.
Asimismo un estudiante de medicina no está tan versado en los menesteres de su profesión, que no tenga constante necesidad de la asistencia de su profesor para ciertas operaciones. Es una necesidad no transitoria, sino permanente; de la misma manera los dones han de ser, no inspiraciones transitorias, como la gracia de la profecía, sino disposiciones infusas permanentes.
Es seguro, además, que es posible hacer un acto sobrenatural de fe, con la ayuda de una gracia actual, sin concurso alguno de los dones del Espíritu Santo, sin penetrar ni gustar de los misterios a los cuales uno se adhiere. Tal es el caso del cristiano que está en pecado mortal, y que, al perder la caridad, ha perdido los siete dones.
Por el contrario, admítese generalmente que los dones del Espíritu Santo influyen frecuentemente de modo latente, sin que tengamos conciencia de ello, para dar a nuestros actos meritorios una perfección que sin ellos no tendrían. Como el viento favorable facilita la labor de los remeros.
De modo que, según enseña Santo Tomás, I, II, q. 68, a. 8, los dones son superiores a las virtudes morales infusas. Y si bien son inferiores a las virtudes teologales, dan a éstas una perfección nueva, por ejemplo ía de penetrar y gustar los misterios de la fe uno de ellos da a la inteligencia, a la voluntad y a la sensibilidad.
Claramente se ve que aquellos dones que dirigen a los otros son superiores a ellos; el don de sabiduría es el más elevado de todos, pues que nos proporciona un conocimiento cuasi experimental de Dios, y por lo mismo un juicio acerca de las cosas divinas que es aun superior a la penetración del don de inteligencia (que pertenece, más bien que al juicio,, a la primera aprehensión)…
El don de ciencia corresponde a la esperanza, en el sentido de que nos da a comprender el vacío de las cosas creadas y de las fuerzas .humanas, y, por ende, la necesidad de poner nuestra confianza en Dios, si hemos de llegar a poseerlo. El don de temor perfecciona también la esperanza, librándonos de la presunción, pero pertenece también a la templanza, y nos socorre contra las tentaciones. Y a estos dones corresponden las bienaventuranzas que son sus actos, como muy bien lo enseña Santo Tomás.
Se sigue, en fin, de la necesidad de los dones para la salvación, que están en conexión con la caridad, según las palabras de San Pablo a los Romanos (v,.5): "La caridad de Dios está difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado."El Espíritu Santo no desciende a nosotros sin sus siete dones que acompañan así a la caridad, y que, en consecuencia, se pierden, cómo ella, por el pecado mortal”.
Pertenecen de esa forma al organismo espiritual de la gracia santificante, que, por esta razón, es llamada "gracia de las virtudes y de los dones,". Y como todas las virtudes crecen a la vez, como los cinco dedos de la mano  otro tanto se ha de decir de los siete dones. No se concibe, pues, que un cristiano tenga muy ferviente caridad, la caridad propia de la perfección, sin poseer al mismo tiempo los dones del Espíritu Santo en la misma proporción; aunque quizás, en él, los dones de inteligencia y de sabiduría se manifiesten no tanto en forma contemplativa, como en algunos, sino más M
ás tarde trataremos de la docilidad al Espíritu Santo y de las condiciones que esa docilidad exige (III P., c. XXXI), pero desde ahora podemos comprender el valor de este organismo espiritual que constituye en nosotros una vida eterna iniciada, más preciosa que la vista, que la vida física y que el uso de la razón, en el sentido de que la pérdida del uso de
la razón, en el justo, no le arrebata ese tesoro que ni.la misma muerte nos podrá arrancar. Esta gracia de las virtudes y de los dones es asimismo más preciosa que el don de milagros, más que el don de lenguas y qué la profecía; porque todas esas gracias, son sólo señales  sobrenaturales en cierto modo exteriores, que pueden, es cierto, señalar el camino que lleva a Dios, pero incapaces, a diferencia de la gracia santificante, de unirnos a Él  para mejor entender cómo se han de ejercitar las diversas funciones de este organismo espiritual, debemos hablar de la gracia actual necesaria al ejercicio- de las virtudes y de los dones.

EL MODO SOBREHUMANO DE LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

Habiendo expuesto detenidamente esta cuestión en otro lugar, bastarán algunas observaciones para recordar el sentido exacto de lo que sobre este punto dijimos, y precisarlo con algunas nuevas aclaraciones.

EN QUÉ SENTIDO PUEDEN LOS DONES REVESTIR DOS MODALIDADES:
LA DE LA TIERRA Y LA DEL CIELO
Muchas veces hemos recordado esta verdad incontestable: que un mismo habitus no puede tener actos cuyo objeto formal sea distinto del objeto del habitus; y hemos concedido que bajo el objeto especificativo del habitus puede haber dos modos de obrar diferentes: por ejemplo para las virtudes infusas y los dones, su modo de obrar aquí en la tierra y su modo en el cielo.
Pero hemos dicho sobre todo que un mismo habitus no puede ser principio de actos que tienen modos distintos, tales como los modos de la tierra y el del cielo, sino a condición de que el primer modo esté ordenado al segundo y caiga así debajo de un mismo objeto formal.
Ahora bien, según un opúsculo recientemente aparecido, escrito en un sentido diametralmente opuesto, los dones del Espíritu Santo tendrían, según Santo Tomás, y ya desde aquí abajo, dos modos específicamente distintos: el uno ordinario, y el otro extraordinario; y este último sería necesario para la contemplación infusa de los misterios de la fe, la que no se hallaría, de ser así, en el» camino normal de la santidad.
Nosotros le replicamos, y esto fue lo esencial de nuestra respuesta, que no podemos pasar en silencio: "Si hubiera, aquí abajo, para los dones del Espíritu Santo, dos modos específicamente distintos, uno ordinario, y el otro, no sólo eminente, sino extraordinario de hecho y por naturaleza, el acto caracterizado por el modo humano no estaría ordenado al acto cuyo modo sería sobrehumano y de por sí extraordinario.
(No estaría en efecto ordenado sino a los actos que suponen las gracias gratis data, como la profecía.) Pero es precisamente todo lo contrario: el acto de los dones ejercido aquí en la tierra está esencialmente ordenado al del cielo; ambos se encuentran (S. Tom., Quest. disp.) "in eadem serie motus", en el mismo orden de operaciones, y la última de ellas debe ser realizada, pues de ño ser así, ninguna de las que preceden conseguiría su fin.