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sábado, 27 de mayo de 2017

PACEM, PACEM ET NON HABEMUS PACEM.




 

 

Pero ¿Cuáles son las causas de esta escalada bélica? ¿Por qué el deseo de iniciar una guerra? Y, finalmente, ¿Quién desea una guerra de grandes e inimaginables dimensiones?

Quisiera tener el espíritu profético para contestar al estilo de aquellos grandes profetas los misterios comprendidos en esas tres preguntas y, al no tenerlo, puedo decir desde el punto de vista teológico que, “no hay causa sin efecto, o si se quiere, no hay efecto sin causa” un principio primordial por el cual obra la naturaleza y en especial el ser humano principalmente. Un ejemplo de esto lo tenemos en el arca de Noé ahí la causa era no humana sino sobrenatural, Dios, según dicen las Escrituras, quiso eliminar a aquella humanidad que ya lo tenía asqueado y le mando construir a Noé una enorme arca…lo demás me imagino que lo saben pues es tan solo un ejemplo de causa-efecto en el orden sobrenatural. En el orden humano es más difícil predecir cuál es la causa que mueve a todo este conglomerado de gente a algo que es sumamente peligroso, podríamos hablar de múltiples causas que tienen un solo fin o efecto, pero no deja de ser una opinión y a su vez digna de ser aprobada o no todo depende del crisma en que las personas lo vean y según su preparación sociopolítica en donde quien no entiende nada de esta materia es mejor de abstenerse porque hoy por hoy si algo pierde al mundo es la soberbia humana y sin querer estaríamos tocando una causa. Bajo este aspecto muchos son los sabios quienes dicen saberlo todo en todos los campos y en todos los temas, pero se olvidan del gran filosofo Sócrates que, en medio de su inminente sabiduría solo dijo: “Solo sé que no sé nada” y era Sócrates, que nos queda a nosotros? Por otro lado en un análisis como este tan delicado existen muchos detalles que la mente humana no los puede captar todos por más Aristóteles que sea porque no tenemos la omniciciencia propia no del hombre sino de Dios para los católicos, para los creyentes un ser superior y para los ateos no lo sé. Por lo tanto solo quiero poner a vuestro conocimiento aquellos acontecimientos de la historia la cual es nuestra maestra puesto que en ella se encuentran ejemplos similares que hoy se repiten con otro aspecto.

Vuelvo a la pregunta, ¡Cuales son las causas de esta escala bélica? Dicen los sociopolíticos que lo más inestable en el mundo es la política cuyos cambios suceden de un momento a otro, yo diría que es imprevisible en virtud de la natura humana tan inestable y cambiante como el camaleón, pero, con todo, tiene patrones de los cuales no puede salir porque estos están ínsitos en su naturaleza humana y en ellos nos basaremos.

Entre la multitud de causas sobre el tema que nos ocupa debe haber una prioridad o causas que, por su magnitud, deben ocupar nuestra atención y ellas nos darán un orden en el cual sean más comprensibles los, acontecimientos de hoy en día por cierto nada aragüeños.

Un factor de esta crisis actual es el económico, pero no de todos los países sino de uno solo y, como llego a un nivel tan bajo que hoy tenga la mayor deuda del mundo? E irónicamente se diga la mayor potencia del mundo? No lo entiendo, de todos es conocida la deuda enorme de este país, se nos dice que es de 18 billones de dólares, pero quien lo cree? Sin duda alguna son mucho más incluyendo el nuevo presupuesto aprobado recientemente por sus diputados y senadores que ronda en una cantidad exorbitante e inimaginable y por no equivocarme no arriesgo números cada uno saque su conclusión.

Ante este panorama financiero y ante la historia bélica de este país, quien no saca la conclusión primera de ser esta una causa de los acontecimientos actuales? Pero, como llego este país hasta este lamentable estado? A groso modo podríamos considerar una caída lenta y no inmediata comenzando por los hitos más importantes que nos da la historia.

La decadencia económica actual tiene su inicio en aquella guerra precisamente contra Corea del Norte en donde esa guerra fue perdida tanto en vidas humanas como en la perdida cuantiosa de millones de dólares, le siguió Vietnam con otra cantidad inmensa de bajas humanas y una vergonzosa retirada del ejército americano donde también perdió enormes cantidades de dinero y se cobro la presidencia de Richard Nixon por el famoso escándalo de wategay. Le sigue Jimi Carter que para desestabilizar el Salvador, Guatemala, Angola y Afganistán también utilizo grandes cantidades de dólares lo mismo le paso a Clinton con Baikana, Irak, Sudan, Somalia y ruanda y la economía caía, luego vino George H. W. Bush padre, quien empezó la famosa “Guerra del Golfo”, pero también intervino en: Panamá, Somalia por primera vez y la Unión Soviética. Su hijo del mismo nombre se ocupo de arruinar los siguientes países sin conseguir aumentar las arcas del Estado tan gastadas: Irak y Afganistán segunda intervención a este país, indirectamente Rusia por medio de Georgia donde perdieron ante el ataque fulminante de las tropas rusas, todo esto en el Cáucaso.

Finalmente para mí en particular, Barak Obama es uno de los más despilfarradores de la economía Americana al intervenir en cinco países: Libia, Siria, Yemen, Afganistán por tercera vez y Ucrania.

No es de extrañar la situación interna de Estados Unidos porque durante estas presidencias se ocuparon de la política externa dejando en gran abandono la interna, situación que la pone contra la espada y la pared en lo económico: o levanta la economía interna para no caer en los impagos o quiebra, o toma la opción de iniciar una guerra y volvemos al mismo status quo de esta nación la cual por el momento es pura verborragia, pero la amenaza esta patente. Lo primero se antoja imposible pues no se puede amortiguar la deuda con la producción interna y, con el giro que están tomando actualmente las exportaciones e importaciones dentro del país, se antoja difícil pagar la deuda por no decir imposible. Entonces nos queda la guerra a la americana, pero con escenarios sumamente peligrosos lo cual trataremos en la otra entrega...Continuara.

 

 

 

EL CORAZÓN ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS







¿Qué palabras habría yo de emplear -exclama San Juan Damasceno- para expresar la gravedad de vuestro andar, la modestia de vuestros vestidos, lo gracioso de vuestro semblante? Vuestro vestido era siempre honesto, vuestro andar grave y acompasado, muy lejos de la ligereza; vuestra conversación era dulcemente grave y dulce con gravedad; vos huíais en lo posible el trato con los hombres, erais obedientísima y humildísima, no obstante vuestra contemplación tan elevada; en una palabra, fuiste siempre la mansión de la Divinidad" (24). Así es como la bienaventurada Virgen ha llevado y glorificado a Dios en su cuerpo, por lo que debe ser alabada y glorificada por todos los cuerpos y todos los espíritus que existen en el universo.
La quinta excelencia de este nobilísimo cuerpo se halla comprendida en estas divinas palabras que tanto venera la santa Iglesia, hasta el punto de no pronunciarlas sin doblar antes las rodillas en tierra: palabras que colman al cielo de alegría, la tierra de consuelo y al infierno de terror; palabras que constituyen el fundamento de nuestra religión y el manantial de nuestra eterna salvación: "Verbum caro factum est»: El Verbo se hizo carne". ¿Qué carne es ésta que con tanto respeto se menciona? Es la carne purísima de la Virgen Madre, que el Verbo eterno ha distinguido de tal manera que la ha unido personalmente a ella y la ha juntado a su propia carne, hasta el punto de poderse afirmar con San Agustín, que la carne de María es carne de Jesús, y que la carne de Jesús es carne de María: "Caro Jesu est caro Mariae» (25). ¡Oh incomprensible dignidad de la carne de María! ¡Oh excelencia admirable de su cuerpo virginal! ¡Oh, cuánta veneración se merece un cuerpo adornado de tantas y tan extraordinarias perfecciones  ¡Oh, qué honor se merece un cuerpo tan honrado por Dios!
§ 2. ELEVACIÓN DE SANTA BRIGIDA
Oración divinamente inspirada a Santa Brígida, en la que se honran y veneran de modo admirable los santos miembros del sagrado cuerpo de la Virgen Madre, y el santo empleo que de los mismos hizo.
¡Dignísima Señora y queridísima vida mía, Reina del cielo y Madre de Dios, cierta estoy de que los moradores del cielo se ocupan incesantemente en cantar con espléndido gozo las alabanzas de vuestro glorioso cuerpo, y que por mi parte soy indignísima de pensar en Vos; deseo, sin embargo, con toda mi alma alabar y bendecir en la tierra cuanto me sea dado, vuestros preciosos miembros.
¡Bendita sea, por tanto, oh sacratísima Virgen María, dignísima Señora mía, vuestra sagrada cabeza aureolada de gloria inmortal, y más esplendente, sin comparación, que el sol; y benditos sean vuestros hermosos cabellos, rayos todos ellos más luminosos que los del sol, que representan vuestras divinas virtudes, las cuales tenéis en tan gran número que no pueden ser enumeradas como no pueden serio los cabellos de la cabeza.
¡Bendita sea, Santísima Virgen adorabilísima Señora mía, vuestra modestísima faz, más blanca y brillante que la luna, pues nunca alzó fiel alguno la vista hacia vos en este mundo tenebroso, que dejase de experimentar en su alma alguna consolación espiritual! ¡Benditas sean, oh sacratísima Virgen María, queridísima Señora mía, vuestras cejas y vuestros párpados, más brillantes que los rayos del sol! ¡Benditos vuestros ojos tan pudorosos, que nunca jamás apetecieron nada de las cosas perecederas que en este mundo vieron; y además cuando los elevabais al cielo, vuestras miradas eclipsaban la claridad de las estrellas delante de la corte celestial! ¡Benditas, oh sacratísima Virgen, mi soberana Señora, sean vuestras bienaventuradas mejillas, más blancas y encendidas que el alba, que aparece en su orto de una albura y rosicler tan agradables; y así, durante vuestra permanencia en este mundo, vuestras mejillas castísimas se coloreaban de una belleza en extremo brillante a los ojos de Dios y de los Ángeles, ya que ni la vanagloria ni la pompa mundana os alcanzaron! ¡Benditas y adoradas sean, oh amabilísima María, y queridísima Señora mía, vuestros casticismos oídos, cerrados siempre a las palabras mundanas que pudieran profanarlos.
¡Bendita, oh Virgen santa, divina María, soberana señora mía, vuestra nariz sagrada, cuyas respiraciones todas se acompañaron de un suspiro de vuestro Corazón y de elevaciones de vuestra alma hacia Dios, aun durante vuestro sueño. Suba hasta vuestro santo olfato el suavísimo olor de toda clase de alabanzas y bendiciones, más excelente que el de dolorosísimas hierbas, y delicados perfumes! Loada sea infinidad de veces, oh Virgen sagrada, divina María, santísima Señora mía, vuestra bendita lengua, incomparablemente más agradable a Dios que todos los árboles frutales. Pues no solamente no pronunció jamás palabra ofensiva a nadie, sino que ni profirió palabra siquiera que no aprovechase a otros.
Cuantas palabras pronunciaba iban sazonadas con una prudencia y dulzura tan grandes, que nunca hubo fruto tan delicioso al gusto, ¡tan agradable era escucharlas! Alabada sea eternamente, oh preciosísima Virgen, oh divina María, Reina y Soberana mía, alabada sea vuestra digna boca con sus santos labios, más bellos sin comparación que todas las rosas y las más placenteras flores; singularmente por aquella benditísima y humildísima palabra que pronunció, ante el ángel venido del cielo a Vos, cuando puso Dios por obra el decreto de la Encarnación en el mundo, predicho antes por boca de los profetas. Ya que en virtud de esta santa palabra debilitasteis el poder del demonio en el infierno, y fortificasteis los coros angélicos en el cielo.
Oh María, Virgen de las vírgenes, Reina mía y única consolación después de Dios, benditos sean por siempre, ya que ningún otro empleo hicisteis de estos santos miembros que no se dirigiese a honrar a Dios o al amor del prójimo. Y como los lirios se mueven al soplo del viento, así vuestros sagrados miembros tan sólo se movían y actuaban bajo el impulso y dirección del Espíritu Santo.
Benditos sean de todo corazón, Princesa mía, fortaleza y delicia mías, benditos sean vuestros santísimos brazos, benditos vuestros sagrados dedos y purísimas manos, adornadas de tantas piedras preciosas como acciones realizaron; ya que por la santidad de vuestras acciones atrajisteis fuertemente a Vos al Hijo de Dios, al par que vuestros brazos y manos le estrecharon fuertemente contra el Corazón, con el más ardiente amor de madre que imaginarse pueda.
Benditos sean con todo mi afecto, Reina de mi corazón, luz de mis o os, benditos y glorificados sean vuestros sagrados pechos, dulcísimas fuentes ambos de agua viva, y aun mejor, de leche y miel, que alimentaron y dieron la vida al Creador y a las criaturas, que nos procuran continuamente los remedios necesarios a nuestros males, y refrigerio en nuestras aflicciones.
Bendito sea, oh María, Virgen gloriosa, gloriosísima reina mía, bendito sea vuestro precioso pecho, más puro que el oro fino; pues que vivió oprimido bajo el dolor de violentísimos dolores, cuando en el Calvario, escuchabais los golpes de los esbirros con el martillo sobre los clavos con que taladraban las manos y pies de vuestro amadísimo Hijo. Y, aunque tan ardientemente lo amabais, preferisteis sin embargo sobrellevar aquel terrible suplicio y verle morir por la salvación de las almas, antes que verle vivir dejando morir a las almas con muerte y perdición eternas. Por lo cual permanecisteis firmes y constantes en medio de los más crudos tormentos, con una plena conformidad con la divina Voluntad.
Amo, venero y glorifico, Virgen incomparable, amabilísima María, vida y alegría de mi corazón, con toda mi alma, vuestro dignísimo Corazón, tan encendido en ardentísimo celo de la gloria de Dios, que las llamas celestiales de vuestro amor se elevaban hasta el Corazón del Padre eterno, atrayendo a su Hijo unigénito, con el fuego del Espíritu Santo, a vuestras purísimas entrañas, quedando no obstante, en el seno del Padre.
Alabanza y bendición eternas, oh María, adorabilísima Señora, Virgen a la vez purísima y fecundísima, a vuestras benditas entrañas que produjeron el fruto admirable, que da infinita gloria a Dios, y es la incomprensible alegría de los Ángeles y la vida eterna de los hombres.
Alabanza inmortal, sapientísima Virgen, Soberana Señora mía, alabanza inmortal a vuestros sacratísimos pies, que llevaron al Hijo de Dios, y rey de la gloria en el período en que vivió encerrado en vuestro virginal vientre. ¡Oh¡ ¡Qué hermoso seria contemplar la modestia, majestad y santidad con que Vos caminaríais! Sin duda que no disteis paso alguno que no contribuyese a contentar de modo especialísimo al Rey del cielo, y a llenar de dicha a la celestial corte.
Adorados, alabados y glorificados sean, ¡Oh admirable María, divina Virgen, Amabilísima Madre, adorados sean el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en su incomprensible majestad, por cuantos favores dispensaron a vuestro santísimo cuerpo, agradabilísima morada del que alaban los ángeles todos en el cielo y venera la Iglesia entera sobre la tierra! Honor por siempre, alabanza perpetua, bendición, gloria e infinitas acciones de gracias a Vos, mi Señor, Rey y Dios mío, que creasteis esta nobilísima y purísima Virgen, y la hicisteis vuestra digna Madre, por todas las alegrías con que, por su medio, habéis colmado a los ángeles y santos del cielo, por todas las gracias que habéis distribuido a los hombres en la tierra, y por cuantas consolaciones habéis departido a las almas que penan en el purgatorio» (26).
 




viernes, 26 de mayo de 2017

TRATADO DEL AMOR A DIOS




En los celos humanos, tememos que la cosa amada sea poseída por algún otro; pero el celo que tenemos por Dios hace que, al contrario, temamos, ante todo, no ser enteramente poseídos por Él Los celos humanos nos hacen temer no ser bastante amados; los celos cristianos nos infunden el temor de no amar bastante,

 

Aviso sobre la manera de conducirse en el santo celo

 

Siendo el celo como un ardor y vehemencia del amor, necesita ser sabiamente dirigido, pues de lo contrario violaría los términos de la modestia y de la discreción; no porque el divino amor, por vehemente que sea, pueda ser excesivo, ni en sí mismo ni en los movimientos e inclinaciones que imprime en los espíritus, sino porque, en la ejecución de sus proyectos, echa mano del entendimiento, ordenándole que busque los medios para el éxito, y de la audacia o de la cólera para vencer las dificultades, con lo cual acaece, con frecuencia, que el entendimiento propone y hace emprender caminos demasiado ásperos y violentos, y que la cólera o la audacia, una vez excitadas, no pudiendo contenerse en los limites que señala la razón, arrastran el corazón al desorden, de suerte que el celo, de esta manera, se ejerce indiscreta y desordenadamente, lo cual lo hace malo y reprensible. El celo emplea la ira contra el mal, pero le ordena siempre, con gran encarecimiento, que, al destruir la iniquidad y el pecado, salve, si puede, al pecador y al malo. Aquel buen padre de familia que nuestro Señor describe en el Evangelio, sabía bien que los siervos fogosos y violentos suelen ir más allá de las intenciones de su dueño, pues, al ofrecerse los suyos para ir a escardar, a fin de arrancar la cizaña: No - les dijo -porque no suceda que, arrancando la cizaña, arranquéis juntamente el trigo. Ciertamente, Teótimo la ira es un siervo que, por ser fuerte, animoso y muy emprendedor, realiza mucha labor; pero es tan ardiente, tan inquieto, tan irreflexivo e impetuoso, que no hace ningún bien sin que, ordinariamente, cause, al mismo tiempo, muchos males.

El amor propio nos engaña con frecuencia y nos alucina, poniendo en juego sus propias pasiones bajo el nombre de celo. El celo se ha servido alguna vez de la cólera, y ahora la cólera, en desquite, se sirve del nombre del celo, para encubrir su ignominioso desconcierto. Digo que se sirve del nombre del celo, porque no puede servirse del celo en sí mismo, por ser propio de todas las virtudes, sobre todo de la caridad, de la cual depende el celo, el ser tan buenas, que nadie puede abusar de ellas.

Pero hay personas que creen que es imposible tener mucho celo sin montar fuertemente en cólera, y que nada se puede arreglar sin echarlo a perder todo; siendo así que, por el contrario, el verdadero celo nunca se sirve de la cólera; porque, así como el hierro y el fuego no se aplican a los enfermos, sino cuando no queda otro recurso, de la misma manera el santo celo no echa mano de la cólera sino en los casos de necesidad extrema.

 

Que el ejemplo de muchos santos, los cuales, según parece, ejercitaron el celo con cólera, en nada contradice lo dicho en el capítulo precedente

 

Un día en que nuestro Señor pasaba por Samaria, envió a buscar alojamiento en una ciudad; pero sus habitantes, al saber que nuestro Señor era judío de nación y que iba a Jerusalén, no quisieron admitirle. Viendo esto sus discípulos, Santiago y Juan, dijeron: ¿Quieres que mandemos que llueva fuego del cielo y los devore? Pero Jesús, vuelto a ellos, les respondió, diciendo: No sabéis a qué espíritu pertenecéis, El Hijo del hombre no ha venido para perder hombres, sino para salvarlos 41. Santiago y Juan, que querían imitar a Elías haciendo caer fuego del cielo sobre los hombres, fueron reprendidos por nuestro Señor, el cual les dio a entender que su espíritu y su celo eran dulces, mansos y bondadosos, y que no empleaba la indignación y la cólera sino muy raras veces, cuando no había esperanza de poder sacar provecho de otra manera. Santo Tomás, aquel gran astro de la Teología, estaba enfermo de la enfermedad de que murió, en el monasterio de Fosanova, de la orden del Cister, cuando he aquí que los religiosos le pidieron que les hiciese una breve exposición del sagrado Cantar de los Cantares, a imitación de San Bernardo.

Respondióles el Santo: Mis queridos padres, dadme el espíritu de San Bernardo e interpretaré este divino cántico como San Bernardo. Asimismo, si a nosotros, pobres cristianos, miserables, imperfectos y débiles, nos dicen: Ayudaos de la ira y de la indignación en vuestro celo, como Finées, Elías, Matatías, San Pedro y San Pablo, hemos de responder: Dadnos el espíritu de perfección y de puro celo, juntamente con la luz interior de estos grandes santos, y nos llenaremos de ira como ellos. No es patrimonio de todos saber encolerizarse cuándo conviene y cómo conviene.

Estos grandes santos estaban directamente Inspirados por Dios, y, por lo tanto, podían, sin peligro, echar mano de la cólera; porque el mismo espíritu que provocaba en ellos estas explosiones, sostenía las riendas de su justo enojo, para que no fuera más allá de los límites que de antemano le había señalado. Una ira que está inspirada o excitada por el Espíritu Santo no es ya la ira del hombre, y es precisamente la ira del hombre la que hay que evitar, pues, como dice el glorioso Santiago, no obra la justicia de Dios 4", Y, de hecho, cuando estos grandes siervos de Dios se servían de la cólera, lo hacían en ocasiones tan solemnes y por crímenes tan atroces, que no corrían ningún peligro de que la pena excediese, a la culpa,  

Ciertamente, ninguno de nosotros es San Pablo para saber hacer las cosas a propósito. Pero los espíritus agrios, mal humorados, presuntuosos y malicientes, al dejarse llevar de sus inclinaciones, de su humor, de sus aversiones y de su Jactancia, quieren cubrir su injusticia con la capa del celo, y cada uno, bajo el nombre de fuego sagrado, se deja abrasar por sus propias pasiones, El celo por la salvación de las almas hace desear las prelacías, dice el ambicioso; hace correr de acá para allá al monje destinado al coro, dice este espíritu inquieto; es causa de rudas censuras y murmuraciones contra los prelados de la Iglesia y contra los príncipes temporales, dice el arrogante. No hablan estos sino de celo, mas no aparece tal celo, sino tan sólo la maledicencia, la cólera, el odio, la envidia y la, ligereza de espíritu y de lengua.

Se puede practicar el celo de tres maneras: primeramente, realizando grandes actos de justicia, para rechazar el mal; pero esto sólo corresponde a aquellos que, por razón de su oficio, están autorizados para corregir, censurar y reprender públicamente, en calidad de superiores, corno los príncipes, los magistrados, los prelados y los predica lores; mas, por ser este papel respetable, todos quieren desempeñarlo y entrometerse en él. En segundo lugar, se ejercita el celo practicando grandes actos de virtud, para dar buen ejemplo, sugiriendo los remedios contra el mal, exhortando a emplearlos, obrando el bien contrario al mal que se quiere exterminar, lo cual incumbe a todos, si bien son pocos los que lo quieren practicar, Finalmente, se practica el celo de una manera muy excelente padeciendo y sufriendo mucho para impedir y alejar el mal, y casi nadie quiere practicar esta clase de celo.

En verdad, el celo de nuestro Señor se puso principalmente de manifiesto en la muerte de cruz, para destruir la muerte y el pecado de los hombres, en lo cual fue excelentemente imitado por aquel admirable vaso de elección 43 Y de dilección, según lo expresa con palabras de oro el gran San Gregario Nacianceno; porque, hablando de este santo apóstol, dice: "Combate por todos, derrama sus preces por todos, es apasionado de celo por todos, está abrasado por todos y se atreve a mis que todo esto por sus hermanos según la carne, pues llega hasta desear, por caridad, ser apartada, por ellos, de Jesucristo 44.

iOh excelencia de un valor y de un fervor de espíritu increíble! imita a Jesucristo, que se hizo, por nosotros, objeto de maldición 45, cargó con nuestras dolencias y tomó sobre Sí nuestras enfermedades 46; o, mejor dicho, fue el primero, después del Salvador, que no rehusó sufrir y ser reputada por impío por nuestra causa."

El verdadero celo es hijo de la caridad, porque es el ardor de la misma; por esta causa, es, como ella, paciente y benigno, sin turbación, sin altercado, sin odio, sin envidia, y se regocija en la verdad 47.

 N. B. Este articulo es muy importante leerlo porque nos muestra lo mala que es la ira sino esta presidida del celo divino. Dice san pablo: "La ira no obra la justicia de Dios" porque tiene mucho de lo nuestro y nada de Dios.

 

jueves, 25 de mayo de 2017

Es inminente un ataque de EEUU contra Corea del Norte.







Estados Unidos está preparando un ataque contra Corea del Norte que posiblemente traerá consecuencias catastróficas, afirma el fundador del medio Geopolitical Futures, George Friedman citado por Business Insider.
 

Las recientes acciones de Corea del Norte no le han dejado otra opción a EEUU que una confrontación, pero es improbable que Estados Unidos actúe antes de que el dirigente del país, Donald Trump, regrese de su viaje oficial al extranjero, considera Friedman.

Según el análisis de Geopolitical Futures, todo indica que la enemistad entre los dos países está creciendo a medida que la guerra entre ellos se hace inminente.

Friedman declaró que los portaviones USS Ronald Reagan y USS Carl Vinson están a distancia de ataque, aptos para lanzar una ofensiva contra Pyongyang. El analista añade que más de 100 aviones F-16 diariamente realizan ejercicios en el área. De acuerdo con Friedman, esta táctica se parece mucho a la que presagió la operación Tormenta del Desierto contra Irak en 1991.

 

"El resultado de todos estos pasos estratégicos será un conflicto", dice la nota.

Los problemas causados por este posible conflicto serán innumerables. Los 25 millones de personas que habitan el área metropolitana de Seúl viven al alcance de la mayor parte de la artillería norcoreana, subraya Friedman.

Según adelantó el experto, cualquier ataque contra Pyongyang resultaría en una represalia contra Seúl.

 

"No podemos permitirnos el enorme número de víctimas que [esta guerra] causaría", declaró Friedman y agregó que EEUU tendrá que neutralizar la artillería del país juche con bombardeos estratégicos.

El segundo problema es la imperfección del servicio de inteligencia estadounidense en Corea del Norte porque el efecto de una información incorrecta podría resultar en considerables bajas.

Asimismo, Friedman indicó que la base estadounidense en Guam puede estar al alcance de los misiles norcoreanos y esto sería una de las pocas razones que podrían disuadir a Washington de realizar un ataque contra Pyongyang.

 

Concluyó que los dirigentes norcoreanos "ni están locos, ni son estúpidos" y tienen "tendencias homicidas, pero no suicidas".

 

LA ASCENSION DE NUESTRO SEÑOR




 
La inefable sucesión de los misterios del Hombre-Dios está a punto de recibir su último complemento. Pero el gozo de la tierra ha subido hasta los cielos; las jerarquías angélicas se disponen a recibir al jefe que les fue prometido, y sus príncipes están esperando a las puertas, prestos a levantarlas cuando resuene la señal de la llegada del triunfador. Las almas santas, libertadas del limbo hace cuarenta días, aguardan el dichoso momento en que el camino del cielo, cerrado por el pecado, se abra para que puedan, entrar ellas en pos de su Redentor. La hora apremia, es tiempo que el divino Resucitado se muestre y reciba los adioses de los que le espetan hora por hora y a quienes El dejará aún en este valle de lágrimas.
EN EL CENÁCULO. -Súbitamente aparece en medio del Cenáculo. El corazón de María ha saltado de gozo, los discípulos y las santas mujeres adoran con ternura al que se muestra aquí abajo por última vez. Jesús se digna tomar asiento en la mesa con ellos; condesciende hasta tomar parte aún en una cena, pero ya no con el fin de asegurarles su resurrección, pues sabe que no dudan; sino que en el momento de ir a sentarse a la diestra del Padre, quiere dar les esta prueba tan querida de su divina familiaridad. ¡Oh cena inefable, en que María goza por última vez en este mundo del encanto de sentarse al lado de su Hijo, en que la Iglesia representada por los discípulos y por las santas mujeres está aún presidida visiblemente por su Jefe y su Esposo, ¿Quién podría expresar el respeto, el recogimiento, la atención de los comensales y describir sus miradas fijas con tanto amor sobre el Maestro tan amado? Anhelan oír una vez más su palabra; ¡les será tan grata en estos momentos de despedida! ... Por fin Jesús comienza a hablar; pero su acento es más grave que tierno.
Comienza echándoles en cara la incredulidad con que acogieron la noticia de su resurrección. En el momento de confiarles la más imponente misión que haya sido transmitida a los hombres, quiere invitarles a la humildad. Dentro de pocos días, serán los oráculos del mundo, el mundo creerá sus palabras y creerá lo que él no ha visto, lo que sólo ellos han visto.  
La fe pone a los hombres en relación con Dios; y esta fe no la han tenido, desde el principio, ellos mismos: Jesús quiere recibir de ellos la última reparación por su incredulidad pasada, a fin de establecer su apostolado sobre la humildad.
LA EVANGELIZACIÓN DEL MUNDO. - Tomando enseguida el tono de autoridad que a él sólo conviene, les dice: "Id al mundo entero, predicad el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que no crea, se condenará” y esta misión de predicar el Evangelio en el mundo entero; ¿cómo la cumplirán? ¿Por qué medio tratarán de acreditar su palabra? Jesús se lo indica:. "He aquí los milagros que acompañarán a los que creyeren: arrojarán los demonios en mi nombre; hablarán nuevas lenguas; tomarán las serpientes con la mano; si bebieren algún veneno, no les dañará; impondrán sus manos sobre los enfermos, y los enfermos sanarán'".
Quiere que el milagro sea el fundamento de su Iglesia como El mismo lo escogió para que fuese el argumento de su misión divina. La suspensión de las leyes de la naturaleza anuncia a los hombres que el autor de la naturaleza va a hablar; a ellos sólo les toca entonces escuchar y someterse humildemente.
He aquí pues a estos hombres desconocidos del mundo, desprovistos de todo medio humano, investido s de la misión de conquistar la tierra y de hacer reinar en ella a Jesucristo. El mundo ignora hasta su existencia; sobre su trono, Tiberio, que vive entre el pavor de las conjuraciones no sospecha en absoluto esta expedición de un nuevo género que va a abrirse y llegará a conquistar al imperio romano. Pero a estos guerreros les hace falta una armadura, y una armadura de temple celestial. Jesús les anuncia que están para recibirla. "Quedaos en la ciudad, les dice, hasta que hayáis sido revestidos de el poder dé lo alto". ¿Cuál es, pues, esta armadura? Jesús se lo va a explicar. Les recuerda la promesa del Padre, "esta promesa, dice, que habéis oído de mi boca. Juan ha bautizado en agua; pero vosotros, dentro de pocos días, seréis bautizados en el Espíritu Santo"
HACIA EL MONTE DE LOS OLIVOS. - Pero la hora de la separación ha llegado. Jesús se levanta y todos los asistentes se disponen a seguir sus pasos. Ciento veinte personas se encontraban reunidas allí con la madre del triunfador que el cielo reclamaba. El Cenáculo estaba situado sobre el monte Sión, una de las colinas que cerraba el cerco de Jerusalén. El cortejo atraviesa una parte de la ciudad, dirigiéndose hacia la puerta oriental que se abre sobre el valle de Josafat. Es la última vez que Jesús recorre las calles de la ciudad réproba. Invisible en adelante a los ojos de este pueblo que ha renegado de Él, avanza al frente de los suyos, como en otro tiempo la columna luminosa que dirigió los pasos del pueblo israelita.
¡Qué bella e imponente es esta marcha de María, de los discípulos Y de las santas mujeres, en pos de Jesús que no debe detenerse más que en el cielo, a la diestra del Padre! La piedad de la edad media la celebraba en otro tiempo por una solemne procesión que precedía a la Misa de este gran día. Dichosos siglos, en que los cristianos deseaban seguir cada uno de los pasos del Redentor y no sabían contentarse, como nosotros, de algunas vagas nociones que no pueden engendrar más que una piedad vaga como ellas.
LA ALEGRÍA DE MARÍA. - Se pensaba también entonces en los sentimientos que debieron ocupar el corazón de María durante los últimos instantes que gozó de la presencia de su hijo. Se preguntaba qué era lo que más pesaba en su corazón maternal, si la tristeza de no ver más a Jesús, o la dicha de sentir que iba por fin a entrar en la gloria que le era debida. La respuesta venía al punto al pensamiento de esos verdaderos cristianos, y nosotros también, nos la damos a nosotros mismos. ¿No había dicho Jesús a sus discípulos: ¿Si me amaseis, os alegraríais de que fuese a mi Padre", Ahora bien, ¿quién amó más a Jesús que Maria?
El corazón de la madre estaba pues alegre en el momento de este inefable adiós. Maria no podía pensar en sí misma, cuando se trataba del triunfo debido a su hijo y a su Dios.
Después de las escenas del Calvario, podía ella aspirar a otra cosa que a ver al fin glorificado al que ella conocía por el soberano Señor de todas las cosas, al que ella había visto tan pocos días antes, negado, blasfemado, expirando en medio de los dolores más atroces.
El cortejo ha atravesado el valle de Josafat y ha pasado el torrente del Cedrón; se dirige por la pendiente del monte de los Olivos. ¡Qué recuerdos vienen a la memoria! Este torrente, del que el Mesías había bebido el agua fangosa en sus humillaciones, se ha convertido hoy para El en el camino de la gloria. Así lo había anunciado David "Se deja a la izquierda el huerto que fue testigo de la Agonía, la gruta en que fue presentado a Jesús y aceptado por El el cáliz de todas las expiaciones del mundo. Después de haber franqueado un espacio que San Lucas calcula como el que les era permitido recorrer a los judíos en día de Sábado, se llega al terreno de Betania a esta aldea en que Jesús buscaba la hospitalidad de Lázaro y de sus hermanas. Desde este rincón del monte de los Olivos se dominaba Jerusalén que aparecía majestuosa con su templo y sus palacios.
"Esta vista emocionó a los discípulos. La patria terrestre hace aún palpitar el corazón de estos hombres; por un momento olvidan la maldición pronunciada sobre la ingrata ciudad de David, y parecen no acordarse ya de que Jesús acaba de hacerles ciudadanos y conquistadores del mundo entero. El delirio de la grandeza mundana de Jerusalén les ha seducido de repente y osan preguntar a Jesús su Maestro: "Señor, ¿es este el momento en que establecerás el reino de Israel?"
Jesús responde a esta pregunta indiscreta: "No os pertenece saber los tiempos y los momentos que el Padre ha reservado a su poder." Estas palabras no quitaban la esperanza de que Jerusalén fuese un día reedificada por Israel convertido al cristianismo; pues este restablecimiento de la ciudad de David no debía tener lugar más que al fin de los tiempos, y no era conveniente que el Salvador diese a conocer el secreto divino.
La conversión del mundo pagano, la fundación de la Iglesia, era lo que debía preocupar a los discípulos. Jesús les lleva inmediatamente a la misión que les dio momentos antes: "Vais a recibir, les dice, el poder del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra.
LA ASCENSIÓN AL CIELO. - Según una tradición que remonta a los primeros siglos del cristianismo, era el medio día la hora en que Jesús fue elevado sobre la cruz cuando, dirigiendo sobre la concurrencia una mirada de ternura que debió detenerse con complacencia filial sobre María, elevó las manos y les bendijo a todos. En este momento sus pies se desprendieron de la tierra y se elevó al cielo. Los asistentes le seguían con la mirada; pero pronto entró en una nube que le ocultó a sus ojos. Los discípulos tenían aún los ojos fijos, en el cielo, cuando, de repente, dos Ángeles vestidos de blanco se presentaron ante ellos y les dijeron': "Varones de Galilea, ¿porqué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que os ha dejado para elevarse al cielo vendrá un día de la misma manera que le habéis visto subir". Del mismo modo que el Salvador ha subido, debe el Juez, descender un día: todo el futuro de la Iglesia está comprendido en estos dos términos. Nosotros vivimos ahora bajo el régimen del Salvador; pues nos ha dicho que "el hijo del hombre no ha venido para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea por El salvado'" y con este fin misericordioso los discípulos acaban de recibir la misión de ir por toda la tierra y de convidar a los hombres a la salvación, mientras tienen tiempo.
iQué inmensa es la tarea que Jesús les ha confiado, y en el momento en que van a dar comienzo a ella Jesús les abandona! Les es preciso descender solos del monte de los Olivos de donde ha partida El para el cielo. Su corazón, sin embargo, no está triste; tienen con ellos a María, y la generosidad de esta madre incomparable se comunica a sus almas. Aman a su Maestro; su dicha en adelante consistirá en pensar que ha entrado en su descanso.
Los discípulos entraron de nuevo en Jerusalén "llenos de una viva alegría", nos dice S. Lucas 1, expresando, por esta sola palabra uno de los caracteres de esta fiesta de la Ascensión impregnada de una tan dulce melancolía, pero que respira al mismo tiempo más que cualquier otra alegría y el triunfo. Durante su Octava, intentaremos penetrar los misterios y presentada en toda su magnificencia; hoy nos limitaremos a decir que esta solemnidad es el cumplimiento de todos los misterios del Redentor y que ha consagrado para siempre el jueves de todas las semanas, día tan augusto por la institución de la santa Eucaristía.  
 
 
 

miércoles, 24 de mayo de 2017

TRES MONJES REBELDES




INTRODUCCION

 

AQUI empieza LA LEYENDA DEL CISTER. En la escuela nos estremecíamos con las vibrantes estrofas de "La Leyenda del Rey Olav", tal como la narrara el músico noruego en los "Cuentos de Wayside lnn" de Longfellow.

El misterio del mar, la violencia belicosa, los destellos de ternura humana, que prestan su encanto a la obra; tienen su equivalente espiritual en el cuento que vamos a relatar.

Figuras heroicos, pero también muy humanas, fueron las de aquellos primeros Cistercienses. Para que los lectores de la presente generación puedan apreciar su heroísmo y su humanidad, hemos creído oportuno dramatizar los acontecimientos de acuerdo con los hechos históricos y rodearlos de una atmosfera y de un color local adecuados; pero nada hemos inventado. Esta es una historia perfectamente fidedigna.

Con su publicación se realiza el sueño de medio siglo de nuestro Reverendísimo Padre Abad. Fuertemente impresionado, desde mucho tiempo atrás, con la grandeza de los Santos de nuestra santa Orden, y muy deseoso de hacerlos conocer a los católicos americanos, se vio siempre asediado por las tareas administrativas hasta que, por último, la Providencia le proporcionó un grupo de personas capaces de efectuar ese trabajo. Es éste, pues, el resultado, de la colaboración de muchos, pero principalmente de dos, un "rastreador" (investigador), el Padre Amadeus, y un "escriba", cuyo nombre aparece en la cubierta. El "rastreador" se abrió camino a través de muchos volúmenes y en muchas y diferentes lenguas y recogió interesantísimo y precioso material para el escriba. En página aparte damos una lista parcial de los libros consultados como fuentes de información.

Nuestra deuda de gratitud se extiende a muchos -que desean permanecer en el anonimato por su crítica amistosa y por su estímulo, pero más que a todos al Reverendo John P. Flanagan, S. J., de Boston, Mass., quien leyó el manuscrito íntegro, en sus distintas revisiones, como también las pruebas de imprenta.

TRES MONJES REBELDES es, lógica y cronológicamente, el primer volumen de LA LEYENDA DEL CISTER, aunque no el primero en orden de publicación.

 

FRA y M. RA YMOND, O.C.S.O.

Festividad de la Visitación

de Nuestra Señora

Julio 2, de 1944

 

Estimados lectores ante una introducción tan corta como profunda no hay nada que agregar. En lo personal me trae bellos recuerdos de mis años como seminarista en donde en todas las comidas y las cenas se leían libros muy convenientes a nuestra condición de seminaristas. Entre uno de tantos este fue uno de nuestros predilectos, durante varios noches en la cena LOS TRES MONJES REBELDES alegraron nuestra cena y he querido participar con ustedes esta alegría al subir a este blog la historia de estos tres monjes, espero en Dios la disfruten.

 

PARTE 1

SAN ROBERTO

EL REBELDE

 

CAPÍTULO PRIMERO

"¡CONOZCO UNA MEJOR HIDALGUIA!"

 

_¡Oh! ¡Qué torpe soy -gruñó el joven Roberto. Siempre estoy revelando mis más íntimos pensamientos. Lo hago en la escuela, durante los juegos, y ahora lo he hecho delante de mi padre. ¡Cuándo aprenderé a callarme! - Lamentándose así, apoyó la cabeza contra la ventana y contempló el cielo de noviembre.

Allá, en las alturas, el lucero de la tarde empezaba a brillar. En la oscuridad de Occidente, la noche se mantenía semejante a un monje encapuchado, aguardando el llamado de la campana de Completas de lo que fuera un hermoso día. Pero Roberto no veía la estrella ni la noche encapuchada, ni el día agonizante. No veía nada más que la mirada absorta que le dirigió su padre cuando le oyó decir a su primo: -Nunca seré armado caballero. Conozco una mejor hidalguía.

Detrás suyo, un viejo siervo removía despaciosamente los últimos rastros del banquete servido en honor del flamante caballero, Jacques, el primo de Roberto, de allende el Sena. El anciano encendió luego una antorcha que colocó sobre la mesa antes el abandonar el salón. Al abrir la pesada puerta de roble, la voz potente y la risa de Teodorico, señor del Castillo, invadieron el sosiego de la habitación. Roberto se sintió molesto. Tenía miedo de ese gigante que era su padre. Sabía que su frase, pronunciada durante el banquete, lo había disgustado y que pediría explicaciones antes de la caída de la tarde. Por un momento aun, oprimió la frente contra el cristal de la ventana. Bruscamente sé incorporó.

_ ¡Muy bien! -dijo- Daré las explicaciones. La verdad debe ser revelada alguna vez. Esta noche es tan buena como cualquier otra-. Y sus manos se crisparon sobre el ancho cinturón de cuero.

Así lo encontró su madre, cuando volvió al salón, luego de despedir a los invitados. Lo contempló unos minutos.

Su cabeza se erguía hacia los cielos. Los firmes y recios rasgos de su mandíbula y de su mentón se perfilaban como en un bajorrelieve, contra el azul oscuro del crepúsculo Ermengarda se estremeció ante ese espectáculo. Pensó que su hijo se convertía en un hombre. Y dejando escapar un leve suspiro, se reprochó: -Ermengarda, los niños se convierten en, muchachos y los muchachos se transforman rápidamente en hombres.

Luego murmuró con orgullo: - ¡Cómo se está pareciendo a su padre! Será un hombre grande.

Como Roberto no se moviera, ella se aproximó suavemente y, apoyando las manos en los hombros de su hijo, le preguntó: -¿Mi muchacho se está convirtiendo en un contemplador de estrellas? - El joven se estremeció a su contacto, pero al oír su voz, puso los brazos de su madre alrededor de sus propios hombros.

_¡Mira! -dijo señalando el blanco resplandor de la solitaria estrella que brillaba en la oscura profundidad del crepúsculo- ¡Es hermosa!, pero tan terriblemente sola. Parece perdida, ¿no es así?

Ermengarda apoyó la mejilla en el hombro de su hijo.

-¡Contemplador de estrellas! ¡Soñador! ¡Poeta! ¿Qué te sucederá, hijo mío? Roberto tomó a su madre por la cintura. Guiñó maliciosamente los ojos, y le dijo: -Tus palabras son acertadas, madre, mas no así su sentido. Debieras haber preguntado lo que mi padre preguntará tan pronto vuelva. Debieras haber dicho: -¿Qué vas a ser, hijo mío?; y verás con qué tono lo dice.

No había acabado de pronunciar estas palabras, cuando Teodorico irrumpió en el salón. -Ermengarda -exclamó con estentórea voz-, mi hermano León dice que su cosecha ha sido como la nuestra, tres veces superior a la normal. En verdad esto quiere decir que podremos resarcirnos de estos tres años de... -Pero su mirada cayó sobre Roberto, y la expresión de sus grandes ojos negros cambió. Se frunció su entrecejo y hundió el mentón en el pecho. Esto era lo que Ermengarda llamaba "tragarse en su enmarañada y negra barba": Se sonrió para sus adentros al par que su marido se aclaraba ruidosamente la garganta y se dirigía a la chimenea para colocar un gran leño en el fuego. Era el preludio habitual antes de iniciar una conversación importante. ¡Qué persona sencilla y transparente era este caballero gigante! Sacudiéndose el polvo de las manos, dijo Teodorico con firmeza: -Hijo, esta noche dijiste a tu primo una frase que no comprendo bien. -Ermengarda sintió que Roberto se ponía tenso- Quiero comprender bien el sentido de tus palabras. Exactamente, ¿qué quisiste significar al decir que nunca serás armado caballero?

Las manos de Roberto oprimieron la mesa. Su padre era un hombre gigantesco en cualquier marco, pero, en ese momento, destacándose frente al fuego crepitante de la chimenea, parecía más enorme aún. Reinaba un profundo silencio, Roberto sentía la garganta terriblemente seca.

Sabía que toda la ambición de su padre era verlo armado caballero de Champagne: que había soñado ardientemente con el momento en que su hijo cabalgase a su lado, rumbo al torneo o a la batalla, armado como él, como él fuerte y bravo, con su propia, indomable bravura. Roberto no dudaba del cariño de su padre, ni tampoco temía sus accesos de ira; pero le aterró pensar en el daño que causaría a ese hombre enorme y bondadoso, cuando le dijera la verdad.

Cuando su padre interrumpió sus pensamientos con un impaciente -¿y bien?, el último leño de la estufa crepitó violentamente, lanzando una lluvia de chispas que iluminaron la campana de la chimenea y se perdieron sobre el piso de piedra.

 

martes, 23 de mayo de 2017

LA VIDA DE MONSEÑOR LEFEBVRE


Por eso el seminarista deseaba compartir su fervor romano con su familia, para lo cual les conseguía incluso audiencias pontificias.

En Pascua de 1929 el señor René Lefebvre, acompañado de su esposa, de su hermana Marguerite Lemaire-Lefebvre y de una hija de ésta, obtuvo el favor de una audiencia privada con un grupo de peregrinos. El Papa entró en la sala de audiencias y tomó asiento para dirigirles algunas palabras a los visitantes, que permanecían de pie en semicírculo.

Luego, levantándose, hizo lentamente el recorrido de todos los presentes, felicitando a algunos y bendiciéndolos. El seminarista Marcel, que era uno de ellos, le deslizó entonces un pedido al maestro de ceremonias: « ¿Podría decirle a Su Santidad que le agradecería mucho si se dignara dar su bendición a mis queridos padres, que tienen cinco hijos consagrados a Dios», El Santo Padre se acercó y el matrimonio Lefebvre besó su anillo. En seguida fue el turno de Marcel. El Papa puso las manos sobre la cabeza del joven clérigo y dijo en voz alta: «Merecen ustedes la gratitud de la Iglesia»; Estas palabras se dirigían seguramente a los padres, pero su simultaneidad con el gesto de bendición del hijo, ¿no aludían a un singular designio divino sobre el futuro del joven subdiácono? En efecto, Marcel era subdiácono desde el sábado Santo, 30 de marzo de 1929. El retiro de ocho días que lo preparó para la recepción de la primera de las tres órdenes mayores, que incluye el voto implícito de castidad perfecta, insistió sobre la exigencia de la virtud de la castidad en el subdiácono: Es absolutamente cierto -recordaba- que toda la tradición de la Iglesia nos enseña que cuanto más nos acercamos a Dios, más tenemos que practicar la castidad y la virginidad, a ejemplo de quienes Él eligió para que estuvieran a su lado en la tierra: la Santísima Virgen, San José, el apóstol San Juan que lo acompañó hasta el Calvario. Nuestro Señor escogió almas vírgenes; y es lógico que cuando nos acercamos a Dios, seamos más espirituales y menos carnales, porque Dios es espíritu!", La ordenación se llevó a cabo en el Seminario de Letrán, de manos de Monseñor Carlo Raffaele Rossi, consultor de la Congregación Consistorial; diecisiete compañeros de Santa Chiara recibieron la misma orden, entre los cuales se encontraba el suizo Henri Bonvin, del Valais, con quien Marcel mantenía una buena amistad.

El seminarista Lefebvre apreciaba mucho a los suizos, pero también sabía tomarles el pelo, según la ingenua confusión de Aloís Amrein sobre el pretendido amor de Marcel por el Papado de Avignon, No, querido Alois, era en Roma donde su amigo Marcel quería al Papa, como soberano espiritual de la cristiandad y príncipe temporal de Roma y de los Estados de la Iglesia.

El 11 de febrero de 1929, cuando se difundía en Roma la alegría y el júbilo por los Acuerdos de Letrán entre la Santa Sede e Italia, todo el mundo se abalanzó a las puertas del Seminario para comprar los periódicos [...] incluso la Acción Francesa, aunque estuviese estrictamente prohibida. [...] Dentro del Seminario anotaba Arnrein, percibí más bien una atmósfera deprimida, particularmente en Marcel. Sentí que la cuestión romana se resolvía de forma muy distinta de como él lo hubiese deseado; su rostro parecía contrariado. Evidentemente, el seminarista Lefebvre lamentaba que el tratado de Letrán consagrara la profanación de la Ciudad Eterna, aun cuando el Concordato reafirmase su «carácter sagrado».

De hecho --diría-, al encerrar a la Roma católica en la Ciudad del Vaticano la masonería quiso eliminar la fuerza de la fe católica arraigada en su romanidad. Roma, reconocida por los Acuerdos como «capital del Estado italiano», es o será invadida por «las logias masónicas, los prostíbulos y los cines corrompidos» que causarán «la infiltración del liberalismo y del modernismo dentro del Vaticano.

Ordenación sacerdotal Pero la proximidad de la ordenación sacerdotal bastaba para preocupar al seminarista Marcel. El 25 de mayo fue ordenado diácono en San Juan de Letrán por el Cardenal Pompili y colocado así en el número de los levitas que, como la Iglesia, «puesta siempre a la mira, combate incesantemente contra los enemigos".

Tras aprobar su examen de licenciatura en teología el 22 de junio de 1929, los Padres de Santa Chiara lo animaron, como también a algunos compañeros, a coronar sus estudios con el doctorado en teología. Sin querer «hacer carrera», Marcel estaba dispuesto simplemente a servir mejor a la Iglesia; pero habiendo acabado el ciclo de los estudios necesarios para el sacerdocio, podía ordenarse sin tener que esperar; y así lo decidió el obispado de Lille: sería ordenado por su Obispo antes de volver a Roma por un año más.

El nuevo Obispo, Achille Liénart, de una familia de comerciantes de tela de Lille de medio liberal, era, a sus cuarenta y cuatro años, el Obispo más joven de Francia. Siendo Párroco de Saint Christophe de Tourcoing, se había mostrado audaz y decididamente abierto a los nuevos métodos. Consagrado Obispo de Lille el 8 de diciembre de 1928 para sustituir a Monseñor Quilliet, que había presentado su dimisión, fue considerado como un hombre «con sentido de la realidad, la apreciación justa de las posibilidades y el valor tranquilo del deber».

¡Lástima que este hombre de acción se hubiese comprometido tan a fondo con lo que hemos denominado «la hipótesis», en vez de ser más bien un hombre de principios! Su aprobación sin reservas de la Juventud Obrera Católica (OC) era significativa, mientras que el Cardenal Mercier se había mostrado muy reticente con ese movimiento de apostolado de jóvenes obreros católicos entre sus iguales, a causa de la ambigüedad de su fin (salvación eterna y reformas sociales) y de la prioridad que se daba a la acción sobre el estudio de los principios de la doctrina social.

Bajo el episcopado de Monseñor Liénart se publicó la respuesta romana a la denuncia de Eugene Mathon en que se acusaba a los sindicatos obreros cristianos de favorecer la lucha de clases. Roma reafirmaba la legitimidad de esos sindicatos siempre que fuesen exclusivamente católicos, «repudiasen por principio la lucha de clases» y se instituyesen comisiones mixtas de arbitraje.

El seminarista Marcel aceptó esa decisión romana. Le repugnaba condenar lo que Roma permitía y que podía producir algún bien. Aun cuando los sindicatos separados contradijeran los principios filosóficos de La Tour du Pin, era demasiado práctico (pragmático, diríamos más bien) para condenar en nombre de la filosofía lo que no se oponía ni a la teología ni al derecho natural. Por eso aceptaba (junto con los Papas León XIII, Pío X y Pío XI) los sindicatos separados, siempre que fuesen católicos.

Su padre, René Lefebvre, no compartía los puntos de vista de su nuevo Obispo, pero nunca le manifestó hostilidad, como pretendieron algunos. En 1935 se lanzaría a la política local presentándose a las elecciones municipales de Tourcoing, a la cabeza de una lista que defendía la corporación y la familia. «Mi lista obtuvo 1.200 votos -le escribiría a su hijo René-lista formada en el último momento sin propaganda ni dinero. [...] En casa se armó toda una pelea y se mezclaba todo: corporación, familia y Acción Francesa. Pero tu madre acabó aprobándome y me apoyó luego. Tal sería la verdadera lucha social y cristiana de ese valiente empresario.

Marcel Lefebvre dispuso de todo el verano para prepararse a su ordenación sacerdotal. Sin estar obligado a ello, hizo un retiro en uno de sus queridos monasterios benedictinos, la abadía de Maredsous, donde se propuso beber en la doctrina de Dom Marmion, el célebre abad, fallecidos seis años antes en olor de santidad, pero cuyas riquezas le parecían estar cayendo en el olvido. Con Dom Marmion y también Dom Chautard, cuya admirable obra El alma de todo apostolado volvió a leer214, se prometió buscar en la unión contemplativa con el sacrificio de la cruz la fuente de la fecundidad de su futuro apostolado.

Finalmente llegó el gran día. Su padre acababa de sufrir el gran revés de la quiebra de sus empresas de Falaise (Normandía), SaintParres-aux-Tertres (cerca de Troyes) y Audruicq (cerca de Calais), pero, por suerte, había logrado encontrar una solución amistosa para la que tenía en la calle Le BUS, gracias a la solidaridad y a la ayuda mutua proverbial de los empresarios del norte. Los dos grandes amigos, Marcel Collomb, de Versalles, y Louis Ferrand, de Tours, llegaron a la casa y agasajaron a Marcel.

La ceremonia de ordenación, celebrada por Monseñor Liénart, se llevó a cabo el sábado 21 de septiembre de 1929 en la capilla de las Hermanas del Sagrado Corazón, en la calle Real, en Lille. El Obispo ordenó a cinco sacerdotes, algunos subdiáconos y algunos clérigos menores. La larga Misa de Témporas, con sus cuatro lecturas del Antiguo Testamento alternadas con las órdenes sucesivas, desplegó todo el esplendor de la liturgia. Marcel, con sus compañeros, hizo la gran postración en el santuario, tras la cual tuvo lugar la imposición de manos por el Obispo y luego por todos los sacerdotes presentes, seguida del prefacio consagratorio: «Te rogamos, pues, Padre Todopoderoso --cantaba el Pontífice-, que concedas a éstos tus siervos la dignidad del presbiterado y renueves en sus corazones el Espíritu de santidad».

¡Ya estaba!: Marcel Lefebvre era sacerdote para toda la eternidad.

Después de la Misa pontifical, el joven sacerdote dio con emoción, en el patio del pensionado, sus primeras bendiciones a sus padres, a su familia y a sus amigos de Roma y del colegio, dando a besar a cada uno las palmas de sus manos consagradas por el óleo santo. Luego visitó el Carmelo de Tourcoing, dándole una gran alegría a la joven novicia Christiane.

Al día siguiente, domingo 18° después de Pentecostés, la iglesia parroquial de la familia, Notre-Darne de Tourcoing, se engalanó para su primera Misa, en la que ayudaron 42 acólitos y a la que asistieron 30 sacerdotes.

Toda la liturgia de ese día glorificaba el sacerdocio y el sacrificio. El canto del ofertorio describía a Moisés, que «consagró un altar al Señor, inmolando sobre él holocaustos, sacrificando víctimas, y ofreciendo al Señor Dios un sacrificio vespertino en olor de suavidad en presencia de los hijos de Israel» (Éxodo, 24, 4-5).

Le fue fácil al Padre Robert Prévost exaltar en su homilía el poder del sacerdote y del sacrificio propiciatorio; pero la Secreta, en su susurro de interioridad, penetraba con más profundidad en el misterio eucarístico: «Oh Dios -musitaba el Padre Marcel-, por el augusto trato con este sacrificio, nos haces partícipes de tu única y soberana divinidad». Y luego ¡qué adoración, qué oblación interior en el corazón del sacerdote, cuando por primera vez el Señor eucarístico descendió entre sus manos! Entretanto, la madre del joven sacerdote también se sentía transportada: Por mi parte, el aleluya del final, durante la salida del cortejo, me emocionó de pronto mucho más de lo que podría expresar con palabras: pensé en una entrada triunfal en el Paraíso, y te aseguro -le escribía a René- que todo lo demás desapareció a mis ojos.

El doctorado romano en Teología Tras haber celebrado otras dos primeras Misas en los conventos de sus otras dos hermanas (el de Jeanne en Tournai y el de Bernadette en Jouyaux-Arches), el joven sacerdote volvió a Roma como seminarista-sacerdote, residiendo a este título en el palazzo, anexo de Santa Chiara, con el fin de preparar su doctorado. «Asistente ordinario del curso mayor de cuarto año de teología» en la Gregoriana, profundizo en dogma los tratados tan esclarecedores del Verbo Encarnado y de la gracia, y en moral el de las virtudes. Cada vez se sumergía más en el misterio de Nuestro Señor Jesucristo, de su psicología divino-humana; de su estudio de la gracia supo extraer todos los grandes principios de la acción pastoral, ya las consecuencias de las heridas del pecado original, ya el doble papel, sanador y elevador, de la gracia divina (gratia sanans y gratia elevans), ya la incapacidad radical de los medios naturales para producir el más mínimo grado de vida sobrenatural. Viviría esos puntos clave de la  teología moral durante toda su vida.

Durante los tres últimos meses, cada tarde antes del Ave, Marcel y su mejor amigo, Louis Ferrand, se recitaban mutuamente las cien tesis de teología del programa, definiendo y argumentando en latín a través de las callejuelas del Pincio, que los conducían a la iglesia del Santo o de la estacion del día.

Ya doctor en filosofía, el Padre Lefebvre se convirtió en doctor en teología el 2 de julio de 1930. A partir de entonces ya no estaba obligado, como los demás clérigos, a «tomar el bonete por el pico opuesto al lado donde no lo hay», como le había explicado el Padre Haegy con su lenguaje pintoresco; pero eso no era más que un aspecto accesorio... El verdadero aspecto del doctorado romano era la síntesis que permitía adquirir de toda la teología, y el conocimiento integral y lo bastante profundo de sus principios formales.

Sin embargo, el Padre Marcel no descuidaba sus funciones en el Seminario. Le tocaba, como gran ceremoniero, preparar la recepción de los nuevos Cardenales en Santa Chiara: Pacelli el 26 de enero de 1930 y Liénart el 17 de junio. Tres días después estaba a los pies del Papa Pío XI, quien concedía audiencia a los seminaristas que se iban de Roma.

Antes de que se vaya de la Ciudad Eterna, tratemos de hacernos una idea de la fisonomía del joven sacerdote. Contemplativo más que intelectual, era sin embargo activo y metódico. El contraste era tan sólo aparente: la sabiduría sobrenatural, dado que une con Dios, ¿no tiende acaso a ordenarlo todo y a todos al Soberano Señor? Piadoso sin ostentación, ya que era un compañero «muy sencillo, bastante discreto, oculto y silenciosos, impregnaba de espíritu religioso sus actividades ordinarias y hacía de su misa diaria un modelo de modestia en su actitud. La única manifestación más tangible de su piedad fue la siguiente: cuando Monseñor Suhard acudió al Seminario para inaugurar la estatua de Santa Teresita del Niño Jesús el 21 de noviembre de 1929, fue Marcel Lefebvre quien rezó en nonibre de la comunidad una oración que había compuesto para esa ocasión.