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jueves, 20 de julio de 2017

SOBRE EL AMOR A DIOS. San Bernardo


DIOS DEBE SER AMADO POR SÍ MISMO
(Continuación)
9. Bellas son estas nuevas flores y frutos, y ante la hermosura de los campos, que exhalan tan dignas fragancias, el Padre se deleita en el Hijo que todo lo renueva, y dice: Aroma de un campo lleno de flores, que bendijo el Señor, es el aroma de mi Hijo. Y repleto de verdad, pues todos nosotros recibimos de su plenitud. Pero la esposa escoge libremente las flores que prefiere y tomar las manzanas. Purifica con ellas la intimidad de su propia conciencia y convierte su corazón en un cómodo lecho perfumado para acostar al esposo.
Si deseamos acoger con frecuencia a Cristo como huésped, debemos tener siempre en nuestros corazones la garantía de nuestra fidelidad a la misericordia de su muerte y a la fuerza de su resurrección. Así lo decía David: Dios ha dicho una cosa, y dos cosas he escuchado: que tú, Dios, tienes el poder; tú, Señor, la lealtad. De ambas poseemos un testimonio irrefutable: Cristo, que murió por nuestros pecados, resucitó para justificación nuestra, ascendió para ser nuestro intercesor, envió al Espíritu Santo como consolador nuestro y volverá para ser nuestra plenitud. Dio a conocer su misericordia en la muerte y manifestó su poder en la resurrección; y ambas a la vez en el resto de sus obras.
10. Estas son las manzanas y las flores que la esposa pide para alimentarse y confortarse. Pienso que ella teme se enfríe y languidezca fácilmente el ímpetu de su amor si no le reaniman con estos estímulos, hasta que, introducida ya en la alcoba pueda recibir los abrazos tan añorados, y diga: Su izquierda reposa bajo mi cabeza y con su diestra me abraza amoroso. Entonces percibirá y experimentará por sí misma cómo todas la pruebas de amor, recibidas en la primera venida, son de su mano izquierda. Pero comparadas con la dulzura inefable de los abrazos de su derecha, apenas son perceptibles. Y tendrá así experiencia de lo que tantas veces ha leído: La carne no sirve de nada, sólo el espíritu da vida, como de aquello otro: Mi espíritu es más dulce que la miel; poseerme, más sabroso que un panal de miel.
La frase siguiente: Mi recuerdo perdurará en la serie de los siglos, quiere decir que mientras dura este mundo con generaciones que vienen y van, siempre serán consolados los elegidos con la experiencia prolongada de su recuerdo, ya que no pueden saciarse con su presencia. Por eso quedó escrito: Saborean el recuerdo de tus inmensas bondades. ¿Quiénes? Los mismos que son mencionados un poco antes: Una generación pondera tus obras a la otra. El recuerdo corresponde al tiempo presente; la presencia, en cambio, al reino de los cielos. La presencia es la gloria de los elegidos, recibidos ya en la eternidad; el recuerdo sirve de consuelo para los que todavía peregrinan en este mundo.
IV. 11. Ahora nos interesa saber quiénes pueden consolarse con el recuerdo de Dios. Por supuesto no los rebeldes y contumaces, a quienes van dirigidas estas palabras: ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!, sino esos otros que pueden decir de verdad: Rehusó consolarse mi alma, añadiendo también: Pero me acordé de Dios y me deleité. Justo es que, por no gozar de su presencia, se recreen con el recuerdo de sus bienes futuros; y que cuantos rechazan el consuelo de lo transitorio se sientan compensados con el recuerdo de la eternidad. Estos son los que buscan al Señor; no los que buscan sus intereses, sino el rostro del Dios de Jacob. Los que buscan a Dios y anhelan su presencia, gozan de su continuo y dulce recuerdo, no para saciarse, sino para suspirar por la saciedad plena. Precisamente el que es nuestro verdadero alimento lo dice de sí mismo: El que me come siempre quedara con hambre de mí. Y uno que se alimentó de Él, exclama: Me saciaré cuando aparezca tu gloria.
Dichosos ya desde ahora los que tienen hambre y sed de justicia, porque llegará un día en que ellos, y no otros, se verán saciados. ¡Ay de ti, generación malvada y perversa! ¡Ay de ti, pueblo necio e insensato, que sientes náuseas con su recuerdo y te horrorizas con su presencia! Es justo, porque no quieres liberarte ahora de la trampa del cazador; los que apetecen hacerse ricos en este mundo, caen en los lazos del diablo; tampoco podrás evadirte un día de aquella espantosa palabra. Duras y terribles palabras: Id, malditos, al fuego eterno. Son mucho más tremendas que aquellas otras que escuchamos al celebrar todos los días el memorial de su pasión en la liturgia: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna. Es decir, el que recuerda mi muerte y, siguiendo mi ejemplo, mortifica los miembros de su cuerpo, tiene la vida eterna. En otras palabras: si sufrís conmigo, reinaréis conmigo. A pesar de ello, son muchos los que hoy no aceptan estas palabras, y se marchan diciendo, no con la lengua, pero sí con los hechos: Este modo de hablar es intolerante, ¿quién puede admitir eso? La gente de corazón rebelde y de espíritu infiel a Dios, por confiar más en las falaces riquezas, sufre al oír la palabra de la cruz y le resulta insoportable el recuerdo de la pasión. Entonces, ¿cómo podrá soportar en su presencia el peso de esta otra palabra: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado por el diablo y sus ángeles?
Aquel sobre quien caiga esta losa quedará aplastado.
En cambio, la descendencia de los justo será bendita, porque con el Apóstol, presentes o ausentes, se esfuerzan para agradar a Dios. Y al final escucharán: Venid, benditos de mi Padre, etc. Será entonces cuando comprendan los rebeldes de corazón, pero ya demasiado tarde, que el yugo de Cristo es muy suave y su carga llevadera, comparada con sus tormentos; por pura soberbia se rebelaron, porque les pareció pesado y duro. Desgraciados vosotros, esclavos del dinero, que no podéis gloriaros en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, y al mismo tiempo poner en las riquezas todas vuestras ilusiones. No podéis alocaros tras el oro y saborear las dulzuras del Señor. Si ahora no sentís paz al recordarle, lo encontraréis terrible cuando lleguéis a su presencia.
12. El alma que le es fiel anhela su presencia, y con su recuerdo siente un dulce descanso. Hasta que no sea digna de contemplar cara a cara la gloria de su Dios, encuentra hasta encanto en la ignominia de la cruz. Así, así es cómo la esposa y paloma de Cristo descansa en este ínterin y duerme tranquila en su parcela. Por el recuerdo de tu inagotable dulzura, Señor Jesús, tiene ya desde ahora cubiertas sus alas con la plata de la inocencia y de la castidad; espera embriagarse de gozo con tu presencia, cubierta de plumas de oro, cuando la lleven con alegría entre esplendores sagrados, para verse inmersa en el fulgor de la sabiduría.
Por eso exulta gozosa ya ahora y dice: Su izquierda reposa bajo mi cabeza y con su derecha me abraza amoroso. Su mano izquierda le evoca amor incomparable, capaz de dar la vida por sus amigos; en su derecha se le anticipa la venturosa visión prometida a esos amigos y el goza de estar en presencia de la Majestad. Con razón se atribuye a la mano derecha la visión divina deificante y el gozo infinito de su divina presencia. Lo expresa en aquel tierno cantar: Delicias eternas junto a tu derecha. Y a la mano izquierda se le asigna con acierto ese recordado amor presente para siempre, porque, mientras pasa la maldad, en él reposa y descansa la esposa.
13. La mano izquierda del esposo sostiene la cabeza de la esposa, para que se recline y se apoye en él; esto es, para que las tendencias de su espíritu no se encorven, inclinándose, hacia los deseos carnales; porque el cuerpo moral es lastre del alma y la tienda terrestre abruma la mente pensativa.
Pero llegará a dominarlo mediante la meditación de la misericordia de Dios, tan inmensa y gratuita; de su amor tan evidente y generoso; de su clemencia tan inconcebible; de su mansedumbre tan inigualable; de su dulzura tan maravillosa. La consideración asidua de estas realidades inflamará su espíritu, purificándolo de todo amor perverso y lo conmoverá profundamente; le impulsará a despreciar todo lo que sólo se puede apetecer cuando no se comprenden estas realidades.
Por eso corre ligera la esposa al buen olor de estos perfumes y ama enardecida. Y aunque llegue a devorarle un incendio de amor, cree amar muy poco, por sentirse tan amada. Y es verdad. ¿Qué tiene de extraño que este puñado de polvo se entregue por entero a amar y corresponder a un amor tan inmenso y sublime? ¿No se le adelantó en el amor la Majestad divina, volcándose por salvarla? Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su único Hijo. Aquí se habla del Padre. Al Hijo se refiere en otro lugar: Se entregó a la muerte. Y del Espíritu Santo nos dice el Hijo: El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os irá recordando lo que yo os he dicho. Dios ama, y nos ama con todo su ser, porque nos ama toda la Trinidad, si podemos expresarnos así tratándose del infinito, incomprensible y esencialmente simple.



miércoles, 19 de julio de 2017

LOS DOCE GRADOS DE HUMILDAD, SEGÚN SAN BERNARDO


XII. Mostrar siempre humildad en el corazón y en el cuerpo, con los ojos clavados en tierra.
XI. Expresarse con parquedad y juiciosamente sin levantar la voz.
X. No ser de risa fácil.
IX. Esperar a ser preguntado para hablar.
VII. No salirse de la norma común del monasterio.
VII. Reconocerse como el más despreciable de todos.
VI. Juzgarse indigno e inútil para todo.
V. Confesar sus pecados.
IV. Abrazar por obediencia y pacientemente las cosas ásperas y duras.
III. Someterse a los superiores con toda obediencia.
II. No amar la propia voluntad.
I. Abstenerse por temor de Dios en todo momento de cualquier pecado.


LOS GRADOS DE SOBERBIA EN ORDEN DESCENDENTE
I.                   La curiosidad, que lanza los ojos y demás sentidos a cosas que no le interesan.
II.               La ligereza de espíritu, que se manifiesta en la indiscreción de las palabras, ahora tristes, ahora alegres.
III. La alegría tonta, que estalla en risa ligera.
IV. La jactancia que se hace patente en el mucho hablar.
V. La singularidad, que en todo lo suyo busca su propia gloria.
VI. La arrogancia, por la que uno se cree más santo que los demás.
VII. La presunción que se entremete en todo.
VIII. La excusa de los pecados.
IX. La confesión fingida, que se descubre cuando a uno le mandan cosas ásperas y duras.
X. La rebelión contra el maestro y los hermanos.
XI. La libertad de pecar.
XII. La costumbre de pecar.
PRÓLOGO
Me pediste, hermano Godofredo, que te pusiese por escrito y con relativa extensión lo que prediqué a los hermanos sobre los grados de humildad. He intentado satisfacer tu ruego como se merece, aunque con temor de no poder realizarlo. Te confieso que nunca se apartó de mi mente el consejo del Evangelio. No me atrevía a comenzar sin detenerme a pensar si contaba con medios para llevarlo a cabo.
Y cuando la caridad ya había arrojado lejos este temor de no poder rematar la obra, me invadió otro signo contrario. En caso de terminar, me acecharía el peligro de la vanagloria, peligro mucho más grave que el mismo desprecio de no acabarlo. Por eso, entre el temor y la caridad, como perplejo ante dos caminos, estuve dudando largo tiempo sobre cuál de ellos debía tomar. Me temía que, si hablaba útilmente de la humildad, podría dar la sensación de no ser humilde;  que si callaba por humildad, podría ser tachado de inútil.
  No me fiaba de ninguno de estos dos caminos, pero me veía obligado a tomar uno. Me pareció mejor compartir contigo el fruto de mis palabras que permanecer seguro, yo solo, en el puerto de mi silencio. Confío que, si por casualidad digo algo que te agrade, tu oración conseguirá que no me envanezca de ello. Y si por el contrario -lo que me parece más normal-, no llego a redactar algo digno de tu talento, entonces ya no tendré motivo alguno para ensoberbecerme.
Parte 2

SOBERBIA Y HUMILDAD
TRATADO SOBRE LOS GRADOS DE HUMILDAD Y SOBERBIA
San Bernardo de Claraval

PARTE II

2. La humildad podría definirse así: es una virtud que incita al hombre a menospreciarse ante la clara luz de su propio conocimiento. Esta definición es adecuada para quienes se han decidido a progresar en el fondo del corazón. Avanzan de virtud en virtud, de grado en grado, hasta llegar a la cima de la humildad. Allí, en actitud contemplativa, como en Sión, se embelesan en la verdad; porque se dice que el legislador dará su bendición. El que promulgó la ley, dará también la bendición; el que ha exigido la humildad, llevará a la verdad.
                 ¿Quién es este legislador? Es el Señor amable y recto que ha promulgado su ley para los que pierden el camino. Se descaminan todos lo que abandonan la verdad. Y ¿van a quedar desamparados por un Señor tan amable? No. Precisamente es a estos a los que el Señor amable y recto, ofrece como ley el camino de la humildad. De esta forma podrán volver al conocimiento de la verdad. Les brinda la ocasión de reconquistar la salvación, porque es amable. Pero, ¡atención, sin menoscabar la disciplina de la ley, porque es recto. Es amable, porque no se resigna a que se pierdan; es recto, porque no se le pasa el castigo merecido.
II. 3. Esta ley, que nos orienta hacia la verdad, la promulgó San Benito en doce grados. Y como los diez mandamientos de la ley y de la doble circuncisión, que en total suman doce, se llega a Cristo, subidos estos doce grados se alcanza la verdad.
                El mismo hecho de la aparición del Señor en lo más alto de aquella rampa que, como tipo de la humildad, se le presentó a Jacob, ¿no indica acaso que el conocimiento de la humildad se sitúa en lo alto de la humanidad? El Señor es la verdad, que no puede engañarse ni engañar. Desde lo más alto de la rampa estaba mirando a los hijos de los hombres para ver si había algún sensato que buscase a Dios. Y ¿no te parece a ti que el Señor, conocedor de todos los suyos, desde lo alto está clamoreando a los que le buscan: Venid a mí todos los que me deseáis y saciaos de mis frutos; y también: Venid a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro?

Dios mirando a los hijos de los hombres para ver si había algún sensato que buscase a Dios. Frase sacada de los salmos en donde la conclusión es triste porque dice: “Que no hay uno que lo busque, todos se han desviado a una” si bien lo dice de todos los hombres y concluye de esta manera es porque mucho hay de cierto cuando nuestra alma se refleja en los doce grados de humildad y, después de meditar, no se encuentra totalmente en ellos sino en partes. Pero en muchos de nosotros si nos encontramos o nos reflejamos bien en los doce grados de la Soberbia y en la actualidad si el mundo camina a su propia destrucción es porque la Soberbia predomina y es la señora que campea en todos los círculos de la sociedad moderna sin distinción alguna incluyendo a aquellas almas consagradas. Vuelvo a insistir si este mundo es castigado es porque con su soberbia está pidiendo a gritos el azote divino y este no se hará esperar o, quizá, ya se inicio este castigo. Porque el hecho de vivir sin Dios, de negarlo, de no cumplir con sus preceptos, de sus consejos evangélicos y, lo peor, de negar hasta su misma existencia como lo hace el ateo o ponerla en duda como osa el católico ya nos de vez en cuando sino con relativa frecuencia, todo esto en si ya es una calamidad humana, una miseria humana y una ingratitud sin nombre.
Es esta época una de las peores de la humanidad cuyo fin, sin duda, es el exterminio en donde quizá algunos pocos quedaran por la misericordia divina, como en el caso del arca de Noé en donde solo ocho se salvaron o en el caso de Sodoma y Gomorra donde solo Lot y sus hijas se salvaron de la destrucción de esas malditas ciudades.
Estimado lector si a la luz fulgurante de los doce grados de la humildad no te encuentras entonces gime por tu alma y pide a Dios te conceda dicha virtud. Si por el contrario la mayor parte de tu alma esta gangrenada por la peste de la soberbia y sus doce grados entonces teme a Dios y su justicia que no quedara sin castigo ejemplar esta sociedad corrupta.


LA VIDA DE LA GRACIA, VIDA ETERNA COMENZADA


La vida interior del cristiano supone el estado de gracia, que es lo contrario del estado de pecado mortal. Y en el plan actual de la Providencia, toda alma o está en estado de gracia o en estado de pecado mortal; con otras palabras, o está de cara a Dios, último fin sobrenatural, o está de espaldas a Él. Ningún hombre se encuentra en el estado puro de naturaleza, porque todos están llamados a un fin sobrenatural que consiste en la visión directa de Dios y en el amor que se sigue a esa visión. A este soberano fin quedó ordenada la humanidad desde el día mismo de la creación, y, después de la caída, a este mismo fin nos conduce el Salvador, que se ofreció en holocausto por la salvación de todos los hombres.
Indudablemente no basta, para llevar verdadera vida interior, el estar en estado de gracia, como lo está un niño después del bautismo o el penitente luego de la absolución de sus pecados... La vida interior supone además la lucha contra todo lo que nos inclina a volver al pecado, y una constante aspiración del alma hacia Dios. Pero si tuviéramos conocimiento profundo del estado de gracia, comprenderíamos que él es no solamente el principio y fundamento de una verdadera vida interior muy perfecta, sino también el germen de la vida eterna. Conviene hacer en esto hincapié desde el principio, recordando las palabras de Santo Tomás: "Bonum gratiae unius majus est quam bonum naturae totius universi: el más ínfimo grado de gracia santificante importa más que los bienes naturales de todo el universo" (I-II, q. 113, a. 9, ad 2); porque la gracia es el germen de la vida eterna, incomparablemente superior a la vida natural de nuestra alma y aun a la de los ángeles.
Esta consideración es la que mejor nos puede hacer ponderar el precio de la gracia santificante que recibimos en el bautismo, y que nos es devuelta por la absolución, si hemos tenido la desgracia de perderla (1).
Preciso nos es para conocer el valor de un germen o semilla venir en conocimiento de la planta que de ella ha de nacer. Para saber, por ejemplo, en el orden de la naturaleza, el valor del germen contenido en una bellota, preciso nos es haber podido contemplar la encina que de ella se originó.
En el orden humano, para comprender el valor del alma racional que dormita aún en un infantillo, preciso es entender las posibilidades del alma humana en un hombre que ha llegado al total desenvolvimiento intelectual. De manera semejante no nos es dado comprender el precio y valor de la gracia santificante que reside en el alma de un niño bautizado, como en todas las de los justos, si no hemos considerado, aunque sea a la ligera, lo que será el total desenvolvimiento de esta gracia en la vida de la eternidad. Preciso es considerarlo, ilustrados por la luz de las mismas palabras del Salvador. Son esas palabras espíritu y vida y son al paladar más dulces que todo comentario. El lenguaje del Evangelio, el estilo de Nuestro Señor nos ponen en más íntimo contacto con la contemplación que el lenguaje técnico de la teología más segura y elevada. Nada más saludable que respirar el aire purísimo de estas cumbres de donde manan las aguas vivas del río de la doctrina cristiana.
(1) Ya desde el principio de un tratado de la vida interior, conviene formarse elevada idea de la gracia santificante, cuya noción olvidó totalmente el protestantismo, siguiendo a muchos nominalistas del siglo XIV. Para Lutero es justificado el hombre no por una nueva vida que le es infundida, sino por la-imputación externa de los méritos de Cristo; de modo que no es necesario que sea interiormente transformado, como tampoco le es necesaria para su salvación la observancia del precepto de la caridad sobre todos los demás. Esto es simplemente desconocer en absoluto la vida interior de la que habla el Evangelio. Doctrina tan lamentable fue preparada por la de los nominalistas, para quienes la gracia es un don no esencialmente sobrenatural, más que da moralmente derecho a la vida eterna; como el papel moneda que, no siendo más que papel, da derecho, por un precepto legal, a percibir tal cantidad de dinero. Lo cual equivale a negar la vida sobrenatural y a desconocer la esencia misma de la gracia y de las virtudes sobrenaturales.

LA VIDA ETERNA PROMETIDA POR EL SALVADOR A LOS HOMBRES
DE BUENA VOLUNTAD
La expresión "vida eterna" es rara en el Antiguo Testamento, en el que la recompensa de los justos después de la muerte es presentada con frecuencia en forma simbólica, en la figura, por ejemplo, de la tierra prometida.
Esto se comprende tanto más fácilmente, cuanto que los justos del Antiguo Testamento, después de su muerte, debían esperar a que la Pasión del Salvador y el sacrificio de la Cruz tuvieran lugar para ver abiertas las puertas del cielo.
En el Antiguo Testamento todo estaba ordenado primariamente a la llegada del Salvador prometido.
En la predicación de Jesús todo va inmediatamente ordenado a la vida eterna. Y si con atención escuchamos sus palabras, echaremos de ver cuánto esta vida de la eternidad difiere de la vida futura a que aludían los mejores filósofos, como Platón. La vida futura de que esos filósofos hablaron, era a sus ojos de orden puramente natural, y la enseñaban como "una bella suerte que hay que correr" (1), sin poseer certeza absoluta acerca de ella. El Salvador, en cambio, pone en sus palabras la certeza más absoluta, al hablar no sólo de la vida futura, sino de una vida eterna superior al pasado, al presente y al porvenir; vida totalmente sobrenatural, medida como la vida íntima de Dios, de la que es participación, por el único instante de la inmoble eternidad.
Nos enseña Jesús que es estrecho el camino que conduce a la vida eterna (2); que para conseguirla es preciso vivir alejados del pecado, observar los mandamientos divinos (8).
En muchos pasajes del cuarto Evangelio afirma: "Aquel que cree en mí posee la vida eterna" (4), es decir: aquel que cree en mí, que soy el Hijo de Dios, con fe viva unida a la caridad y a la práctica de los mandamientos, ese tal tiene en sí la vida eterna iniciada. La misma enseñanza nos da en las ocho bienaventuranzas, desde el comienzo de su predicación (B): "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque C1) En el Fedón se describe del mismo modo la vida futura  de ellos es el reino de los cielos... bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados...; bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. ‘‘ ¿Qué otra cosa es pues la vida eterna, sino esa hartura, esa visión de Dios en su reino? A los que padecen persecución por la justicia, se les dice en particular: "Alegraos y vivid en gran regocijo, porque vuestra recompensa es grande en los cielos" (1). Más claramente aún, antes de la Pasión, Jesús enseña, según San Juan, xvn, 3: "Padre, es llegada la hora en que ha de ser glorificado vuestro Hijo, a fin de que vuestro Hijo os glorifique a vos, ya que le habéis dado autoridad sobre toda carne, a fin de que a todos aquellos que le habéis confiado, él les dé la vida eterna.
Y esta vida eterna es que os conozcan a vos, único Dios verdadero, y a aquel que vos habéis enviado, Jesucristo".
San Juan Evangelista nos explica estas palabras del Salvador cuando escribe: "Amadísimos míos: nosotros somos ahora hijos de Dios, y lo que seremos un día todavía no ha sido manifestado; pero sabemos que el día de esta manifestación, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es" (2).
Lo contemplaremos tal cual es y no solamente por la manifestación de sus perfecciones en las criaturas, en la naturaleza sensible o en el alma de los Santos según se transparenta en sus palabras y en sus actos; lo veremos cara a cara, como es en sí mismo.
San Pablo añade: "Ahora le vemos (a Dios) como en reflejo, de una manera oscura; pero entonces le veremos cara a cara; hoy lo conozco en parte, pero entonces lo conoceré como yo soy conocido" (3).
San Pablo no dice, notémoslo bien, lo conoceré como me conozco a mí mismo, como conozco el interior de mi conciencia.
Este interior de mi alma yo lo conozco, indudablemente, mejor que los demás; pero aun así guarda para mí secretos; ya que no puedo medir toda la gravedad de mis pecados, directa o indirectamente voluntarios. Sólo Dios me conoce a fondo; los secretos de mi corazón sólo para sus ojos no son secretos.
Pero entonces, dice San Pablo, yo lo conoceré con la misma claridad con que soy conocido por él. De la misma manera que Dios conoce la esencia de mi alma y mi vida más íntima, sin el intermedio de ninguna criatura, y aun, añade la teología (*), sin el intermedio de ninguna idea creada. Ninguna idea creada, en efecto, es capaz de representar, tal cual es en sí, el puro destello intelectual eternamente subsistente que es Dios y su verdad infinita. Toda idea creada es finita,
y es un mero concepto de tal o cual perfección de Dios, de su ser, de su verdad o de su bondad, de su sabiduría o de su amor, de su misericordia o de su justicia. Pero estos diferentes conceptos de las divinas perfecciones son incapaces de hacernos conocer, tal cual es en sí misma, la esencia divina soberanamente simple, la Deidad o la vida íntima de Dios.
Estos conceptos múltiples son, comparados con la vida íntima de Dios o con la simplicidad divina, algo así como los siete colores del arco iris referidos a la luz blanca de donde proceden. Somos aquí en la tierra a modo de hombres que no habiendo visto jamás sino los siete colores, desearan ver la pura lumbre, fuente eminente de aquéllos. Pero en tanto que no hayamos contemplado la Deidad tal como es en sí, será inútil querer entender la íntima conciliación de las perfecciones divinas, en particular de la infinita Misericordia con la Justicia infinita.
Nuestras ideas creadas de los atributos divinos son como las teselas o piezas de un mosaico que hacen un tanto dura la fisonomía espiritual de Dios. Cuando paramos nuestra atención en su justicia, nos parece ésta demasiado rigurosa, y cuando discurrimos acerca de los dones gratuitos de su misericordia, acaso nos parecen arbitrarios. A las veces reflexionamos: en Dios justicia y misericordia se confunden; no existe distinción real entre ellas. Todo eso es verdad, pero también lo es que en esta vida no alcanzamos a comprender la íntima armonía entre estas divinas perfecciones. Para entenderla, preciso nos sería ver directamente, sin intervención de cualquier idea creada, la divina esencia tal como es en sí.
Esta visión constituirá la vida eterna. Nadie es capaz de expresar la dicha y el amor que de ella se seguirán en nosotros; amor de Dios tan intenso, tan absoluto, que nada será parte, en adelante, no sólo a destruirlo, pero ni siquiera a amortiguarlo; amor por el que nos regocijaremos sobre todo de que Dios sea Dios, infinitamente santo, justo y misericordioso; adoraremos todos los decretos de su Providencia, a la vista de la manifestación de su bondad. Nos compenetraremos con su propia beatitud, según expresión del mismo Salvador: "Alégrate, servidor bueno y fiel; porque has permanecido fiel en lo poco, yo te constituiré señor de cosas grandes: entra en el gozo de tu señor, intra in gaudium domini tui" (1). Veremos a Dios como él se ve directamente a sí mismo, sin llegar sin embargo hasta las profundidades de su ser, de su amor y de su poder; y le amaremos como se ama Él.
Veremos igualmente a Nuestro Señor Jesucristo, Salvador nuestro.
Tal es esencialmente la eterna bienaventuranza, sin hablar de la felicidad accidental que nos embargará al contemplar y amar a la Virgen María y a todos los santos, y particularmente a las almas que hubiéremos conocido durante nuestra peregrinación sobre la tierra.
<2) Mat., vil, 14.
(") Mat. xix, 17.
(*) Joan., v, 24; vi, 40, 47, 55.
(»> Mat., v, 3-12.




martes, 18 de julio de 2017

AVISOS ESPIRITUALES DE SANTA TERESA DE JESUS



FIN DE LA OBRA

252.- Porque lo uno, viendo el dejo tan amargo que tienen en la muerte, y la costa tan crecida a que se compran en las penas del infierno, y el sinsabor de sus culpas, a los avisos de la eterna, todos pierden el gusto, y, como dice S. Gregorio, son desabridos al paladar, como los otros manjares, después de haber gustado miel; y así los da de mano y los fastidia quien rumia con la memoria las verdades dichas.
253.- También dará de mano a las honras, viendo su brevedad, y conociendo su vanidad con la luz de la última candela, pues entonces se desvanecen todas y se convierten en humo que atormenta y mucho más a vista del juicio, del infierno y de la gloria, en que descubren que no fueron más que sombras aparentes y sueños de la imaginación.
254.-En tercer lugar entra la hacienda, y el afán y cuidado de adquirirla, a que da de mano el que medita con atención las verdades evangélicas, a cuyos resplandores conoce cuán poco valor tiene todo en el acatamiento de DIOS, el cual no hace diferencia del oro al lodo, ni de la plata al estiércol, ni de las piedras diamantes a las piedras que pisamos; y que, al pasar los  puertos de esta vida, nos desnudan de todo; y que, cuando nos acompañaran, no pudieran servimos de cosa alguna para el cuerpo y el alma.
255.- ¡Desengaño grande! para los fieles, con que reciben aliento para pisarlo todo y atesorar el cielo solamente. En esta lista entran también las pretensiones del siglo, los valimientos con los que pueden y mandan, el aprecio del linaje y de la sangre, las noblezas que tanto el mundo adora, el cuidado de adquirirlas y el ansia de aumentarlas, mirando, a los avisos de lo eterno, cuán frágil y mentiroso es todo.
256.- ¡A cuántos ha derribado en el infierno, conociendo su inconstancia, sus sinsabores y amarguras, el poco tiempo que duran y la hiel que se bebe con todo ello!
257.- ¿Qué diré de los mandos y prelacías? ¿Qué de los bandos y parcialidades? ¿Qué de la ambición de los puestos y de salir con la suya, que a tantos ha condenado en el Tribunal de DIOS?
258.- Todo lo desprecia y da de mano el que aprecia los bienes celestiales, y no se le da nada de los hombres, ni de sus amistades y favores, contento con el de DIOS. Da de mano también a las cortesías y pundonores del mundo, a las habilidades y dotes naturales, a la hermosura del cuerpo, conociendo a estas luces que es un muladar cubierto de nieve, y que a un sol o un aire se deshace y se pudre y hierve en gusanos. Y finalmente da de mano a todo lo que el mundo aprecia, y sólo estima lo que DIOS estima, con que vive libre de los cuidados de este siglo, superior a todo lo terreno, y su corazón alegre en las moradas del Cielo, cuya paz y tranquilidad empieza a gozar desde acá, como ciudadano suyo y peregrino en la tierra.

ASPIRACION DE VIDA ETERNA
Vivo sin vivir en mí
Y tal alta vida espero
Que muero porque no muero

Aquesta divina unión
Del amor con que yo vivo
Hace a DIOS ser mi cautivo
y libre mi corazón;
mas causa en mi tal pasión
ver a mi DIOS prisionero,
que muero porque no muero

¡Ay , larga es esta vida,
Que duros estos destierros,
Esta cárcel y estos hierros
En que el alma está metida!
Solo esperar la salida
Me causa un dolor tan fiero,
Que muero porque no muero.

¡Ay qué vida tan amarga
Do no se goza al Señor!
Y si es dulce el amor,
No lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga
Más pesada que de acero.
Que muero porque no muero.

Solo con la confianza
Vivo de que he de morir
Porque el muriendo el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte, do el vivir se alcanza,
No te tardes, que te espero,
Que muero porque no muero.


LA CIUDAD DE DIOS San Agustín



Capítulo III. Cuán imprudentes fueron los romanos en creer que los dioses Penates, que no pudieron guardar a Troya, les habían de aprovechar a ellos
Y ved aquí demostrado a qué especie de dioses encomendaron los romanos la conservación de su ciudad: ¡oh error sobremanera lastimoso! Enójanse con nosotros porque referimos la inútil protección que les prestan sus dioses, y no se irritan de sus escritores (autores de tantas patrañas), que, para entenderlos y comprenderlos, aprontaron su dinero, teniendo a aquellos que se los leían por muy dignos de ser honrados con salario público y otros honores. Digo, pues, que en Virgilio, donde estudian los niños, se hallan todas estas ficciones, y leyendo un poeta tan famoso como sabio, en los primeros años de la pubertad, no se les puede olvidar tan fácilmente, según la sentencia de Horacio, <que el olor que una vez se pega a una vasija nueva le dura después para siempre>. Introduce pues, Virgilio a Juno, enojada y contraria de los troyanos, que dice a Eolo, rey de los vientos, procurando irritarle contra ellos: <Una gente enemiga mía va navegando por el mar Tirreno, y lleva consigo a Italia Troya y sus dioses vencidos>; ¿y es posible que unos hombres prudentes y circunspectos encomendasen la guarda de su ciudad de Roma a estos dioses vencidos, sólo con el objeto de que ella jamás fuese entrada de sus enemigos? Pero a esta objeción terminante contestarán alegando que expresiones tan enérgicas y coléricas las dijo Juno como mujer airada y resentida, no sabiendo lo que raciocinaba. Sin embargo, oigamos al mismo Eneas, a quien frecuentemente llama piadoso, y atendamos con reflexión a su sentimiento: <Ved aquí a Panto, sacerdote del Alcázar, y de Febo, abrazado él mismo con los vencidos dioses, y con un pequeño nieto suyo de la mano que, corriendo despavorido, se acerca hacia mi puerta.> No dice que los mismos dioses (a quienes no duda llamar vencidos) se los encomendaron a su defensa, sino que no encargó la suya a estas deidades, pues le dice Héctor <en tus manos encomienda Troya su religión y sus domésticos dioses.> Si Virgilio, pues, a estos falsos dioses los confiesa vencidos y ultrajados, y asegura que su conservación fue encargada a un hombre para que lo librase de la muerte huyendo con ellos, ¿no es locura imaginar que se obró prudentemente cuando a Roma se dieron semejantes patronos, y que, si no los perdiera esta ínclita ciudad, no podría ser tomada ni destruida? Más claro: reverenciar y dar culto a unos dioses humillados, abatidos y vencidos, a quienes tienen por sus tutelares, ¿qué otra cosa es que tener, no buenos dioses, sino malos demonios? Acaso no será más cordura creer, no que Roma jamás experimentaría este estrago, si ellos no se perdieran primero, sino que mucho antes se hubieran perdido, si Roma, con todo su poder, no los hubiera guardado? Porque, ¿quién habrá que, si quiere reflexionar un instante, no advierta que fue presunción ilusoria el persuadirse que no pudo ser tomada Roma bajo el amparo de unos defensores vencidos, y que al fin sufrió su ruina porque perdió los dioses que la custodiaban, pudiendo ser mejor la causa de este desastre el haber querido tener patronos que se habían de perder, y podían ser humillados fácilmente, sin que fuesen capaces de evitarlo? Y cuando los poetas escribían tales patrañas de sus dioses, no fue antojo que les vino de mentir, sino que a hombres sensatos, estando en su cabal juicio, les hizo fuerza la verdad para decirla y confesarla sinceramente. Pero de esta materia trataremos copiosamente y con más oportunidad en otro lugar. Ahora únicamente declararé, del mejor modo que me sea posible, cuanto habla empezado a decir sobre los ingratos moradores de la saqueada Roma. Estos, blasfemando y profiriendo execrables expresiones, imputan a Jesucristo las calamidades que ellos justamente padecen por la perversidad de su vida y sus detestables crímenes, y al mismo tiempo no advierten que se les perdona la vida por reverencia a nuestro Redentor, llegando su desvergüenza a impugnar el santo nombre de este gran Dios con las mismas palabras con que falsa y cautelosamente usurparon tan glorioso dictado para librar su vida, o, por mejor decir, aquellas lenguas que de miedo refrenaron en los lugares consagrados a su divinidad, para poder estar allí seguros, y adonde por respeto a él lo estuvieron de sus enemigos; desde allí, libres de la persecución, las sacaron alevemente, para disparar contra él malignas imprecaciones y maldiciones escandalosas.

Capítulo IV. Cómo el asilo de Juno, lugar privilegiado que había en Troya para los delincuentes, no libró a ninguno de la furia de los griegos, y cómo los templos de los Apóstoles ampararon del furor de los bárbaros todos los que se acogieron a ellos
La misma Troya, como dije, madre del pueblo romano, en los lugares consagrados a sus dioses no pudo amparar a los suyos ni librarlos del fuego y cuchillo de los griegos, siendo así que era nación que adoraba unos mismos dioses; por el contrario, <pusieron en el asilo y templo de Juno a Phenix, y al bravo Ulises para guarda del botín; Aquí depositaban las preciosas alhajas de Troya, que conducían de todas partes, las que extraían de los templos que incendiaron, las mesas de los dioses, los tazones de oro macizo y las ropas que robaban; alrededor estaban los niños y sus medrosas madres, en una prolongada fila, observando el rigor del saqueo. En efecto: eligieron un templo consagrado a la deidad de Juno, no con el ánimo de que de él no se pudiesen extraer los cautivos, sino para que dentro de él fuesen encerrados con mayor seguridad. Compara, pues, ahora aquel asilo y lugar privilegiado, no ya dedicado a un dios ordinario o de la turba común, sino consagrado a la hermana y mujer del mismo Júpiter y reina de todas las deidades, con las iglesias de nuestros Santos Apóstoles, y observa si puede formarse paralelo entre unos y otros asilos. En Troya los vencedores conducían como en triunfo los despojos y presas que habían robado de los templos: abrasados y de las estatuas y tesoros de los dioses, con ánimo de distribuir el botín entre todos y no de comunicarlo o restituirlo a los miserables vencidos; pero en Roma volvían con reverencia y decoro las alhajas, que, hurtadas en diversos lugares, averiguaban pertenecer a los templos y santas capillas. En Troya los vencidos: perdían la libertad, y en Roma la conservaban ilesa con todas sus pertenencias. Allá prendían, encerraban y cautivaban a los vencidos, y acá se prohibía rigurosamente el cautiverio. En Troya encerraban y aprisionaban los vencedores a los que estaban señalados para esclavos, y en Roma conducían piadosamente a los godos a sus respectivos hogares a los que habían de ser rescatados y puestos en libertad. Finalmente, allá la arrogancia y ambición de los inconstantes griegos escogió para sus usos y quiméricas supersticiones el templo de Juno; acá la misericordia y respeto de los godos (a pesar de ser nación bárbara e indisciplinada) escogió las iglesias de Cristo para asilo y amparo de sus fieles. Si no es que quieran decir que los griegos, en su victoria, respetaron los templos de los dioses comunes, no atreviéndose a matar ni cautivar en ellos a los miserables y vencidos troyanos que a ellos se acogían. Y concebido esto, diremos que Virgilio fingió aquellos sucesos conforme al estilo de los poetas; pero lo cierto es que él nos pintó con los más bellos coloridos la práctica que suelen observar los enemigos cuando saquean y destruyen las ciudades.

Capítulo V. Lo que sintió Julio César sobre lo que comúnmente suelen hacer los enemigos cuando entran por fuerza en las ciudades
Julio César, en el dictamen que dio en el Senado sobre los conjurados, insertó elegantemente aquella norma que regularmente siguen los vencedores en las ciudades conquistadas, según lo refiere Salustio, historiador tan verídico como sabio. <Es ordinario, dice, en la guerra, el forzar las doncellas, robar los muchachos, arrancar los tiernos hijos de los pechos de sus madres, ser violentadas las casadas y madres de familia, y practicar todo cuanto se le antoja a la insolencia de los vencedores; saquear los templos y casas, llevándolo todo a sangre y fuego, y, finalmente, ver las calles, las plazas... todo lleno de armas, cuerpos muertos, sangre vertida, confusión y lamentos.> Si César no mencionara en este lugar los templos, acaso pensaríamos que los enemigos solían respetar los lugares sagrados. Esta profanación temían los templos romanos les había de sobrevenir, causada, no por mano de enemigos, sino por la de Catilina y sus aliados, nobilísimos senadores y ciudadanos romanos; pero, ¿qué podía esperarse de una gente infiel y parricida?

Capítulo VI. Que ni los mismos romanos jamás entraron por fuerza en alguna ciudad de modo que perdonasen a los vencidos, que se guarecían en los templos
Pero ¿qué necesidad hay de discurrir por tantas naciones que han sostenido crueles guerras entre sí, las que no perdonaron a los vencidos que se acogieron al sagrado de sus templos? Observemos a los mismos romanos, recorramos el dilatado campo de su conducta, y examinemos a fondo sus prendas, en cuya especial alabanza se dijo: <que tenían por blasón perdonar a los rendidos y abatir a los soberbios; y que siendo ofendidos quisieron más perdonar a sus enemigos que ejecutar en sus cervices la venganza. Pero, supuesto que esta nación avasalladora conquistó y saqueó un crecido número de ciudades que abrazan casi el ámbito de la tierra, con sólo el designio de extender y dilatar su dominación e imperio, dígannos si en alguna historia se lee que hayan exceptuado de sus rigores los templos donde librasen sus cuellos los que se acogían a su sagrado. ¿Diremos, acaso, que así lo practicaron, y que sus historiadores pasaron en silencio una particularidad tan esencial? ¿Cómo es posible que los que andaban cazando acciones gloriosas para atribuírselas a esta nación belicosa, buscándolas curiosamente en todos los lugares y tiempos, hubieran omitido un hecho tan señalado, que, según su sentir, es el rasgo característico de la piedad, el más notable y digno de encomios? De Marco Marcelo, famoso capitán romano que ganó la insigne ciudad de Siracusa, se refiere que la lloró viéndose precisado a arruinarla, y que antes de derramar la sangre de sus moradores vertió él sobre ella sus lágrimas, cuidó también de la honestidad, queriendo se observase rigurosamente este precepto, a pesar de ser los siracusanos sus enemigos. Y para que todo esto se ejecutase como apetecía, antes que como vencedor mandase acometer y dar el asalto a la ciudad, hizo publicar un bando por el que se prescribía que nadie hiciese fuerza a todo el que fuese libre; con todo, asolaron la ciudad, conforme al estilo de la guerra, y no se halla monumento que nos manifieste que un general tan casto y clemente como Marcelo mandase no se molestase a los que se refugiasen en tal o cual templo. Lo cual, sin duda, no se hubiera pasado por alto, así como tampoco se pasaron en silencio las lágrimas de Marcelo y el bando que mandó publicar en los reales a favor de la honestidad. Quinto Fabio Máximo, que destruyó la ciudad de Tarento, es celebrado porque no permitió se saqueasen ni maltratasen las estatuas de los dioses. Esta orden procedió de que, consultándole su secretario qué disponía se hiciese de las imágenes y estatuas de los dioses, de las que muchas habían sido ya cogidas, aun en términos graciosos y burlescos, manifestó su templanza, pues deseando saber de qué calidad eran las estatuas, y respondiéndole que no sólo eran muchas en número y grandeza, sino también que estaban armadas, dijo con donaire: <Dejémosles a los tarentinos sus dioses airados.> Pero, supuesto que los historiadores romanos no pudieron dejar de contar las lágrimas de Marcelo, ni el donaire de Fabio, ni la honesta clemencia de aquél y la graciosa moderación de éste, ¿cómo lo omitieran si ambos hubiesen perdonado alguna persona por reverencia a alguno de sus dioses, mandando que no se diese muerte ni cautivase a los que se refugiasen en el templo?


lunes, 17 de julio de 2017

Estados Unidos y sus socios reflotan pesadillas



EE.UU. ha dado muestras que los compromisos y firmas de acuerdos internacionales han sido hechos para violarlos en función de sus intereses hegemónicos.
Un país que pretende dar certificados de demócratas y sin embargo cuenta con una historia plagada de intervenciones y crímenes.
Desde el momento mismo de la firma del denominado Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA, por sus siglas en inglés) en julio del año 2015, un acuerdo internacional y coercitivo tanto para los países firmantes como para los otros países miembros de la comunidad internacional, la clase política estadounidense contraria al ex presidente Obama comenzó una lenta y sostenida campaña destinada a sabotear los alcances de tal acuerdo. Atentados que se han incrementado bajo el gobierno de Donald Trump y que ha implicado aumentar la política de sanciones y exigir a sus socios sionistas y wahabitas extender sus acciones desestabilizadoras contra la nación persa.
Desde Venezuela a Irán 
En otra parte del mundo, la administración Trump ha ampliado su discurso agresivo y el apoyo a la desestabilización del gobierno venezolano a través de la imposición de sanciones y declarando que el país sudamericano representa una "amenaza extraordinaria e inusual a la seguridad nacional y política exterior estadounidenses” Afirmación a lo menos surrealista de un gobierno que se ha especializado en la desestabilización y derrocamiento de todos aquellos gobiernos que no se ciñen a sus órdenes.
Con Cuba, tras el histórico acercamiento entre el gobierno de La Habana y Washington, en las postrimerías de la segunda administración de Barack Obama, que llevó incluso al mandatario estadounidense a visitar la Isla Mayor de las Antillas – en marzo del año 2016 -  el nuevo habitante de la Casa Blanca ha decidido que el bloqueo, las sanciones y el aislamiento de Cuba deben volver a ser parte de la política exterior de Washington con respecto a la nación caribeña. La exigencia a la sociedad cubana, es la misma que se hace a otras naciones que no le siguen el amén a Washington “obedecer o someterse a sanciones, bloqueos, ataques, chantajes y una política agresiva destinada a derribar sus gobiernos”.
Washington unilateralmente ha decidido aumentar las restricciones para los viajes a Cuba, presionando de ese modo el desarrollo turístico. Se limitan las actividades económicas con empresas estatales y con las Fuerzas Armadas Cubanas. No se ha tomado decisión respecto a las relaciones diplomáticas, así como los viajes de familiares y envíos de remesas, pero que podrían tener un cambio tras el anuncio de Trump de endurecer la política con relación a Cuba. Buena nota deben tomar las cancillerías internacionales a la hora de firmar acuerdos con los gobierno estadounidenses, pues lo más probable es que una administración de otro signo signifique echar atrás los compromisos firmados públicamente y que deberían ser asumidos por el Estado.
Con respecto a la República Islámica de Irán, el gobierno estadounidense ha redoblado sus esfuerzos tendientes a aminorar la influencia que la nación persa ejerce en el plano regional, con su apoyo a la lucha de los pueblos de Siria, Palestina, El Líbano, Irak, Yemen y Bahréin, que ha elevado su prestigio. Ello, en un escenario de monarquías serviles, un sionismo cada día más beligerante y un occidente que desea recuperar la hegemonía  que le permita seguir beneficiándose a las riquezas petroleras, gasíferas y el factor geopolítico de esta zona del mundo.
El jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unido, General Joseph  Dunford reconoció la influencia de Irán en el concierto regional y el temor estadounidense ante esta realidad. Esto ha determinado, que la administración de Trump haya decidido tratar de minimizar este influjo positivo por la soberanía de los pueblos. Para Dunford, las Fuerzas Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica son un enemigo temible con predominio en El Líbano, Siria a e Irak  constituyendo a Irán como “una de las mayores amenazas para Estado Unidos y sus aliados cercanos en Oriente Medio”.
Fiascos y Pesadillas
Esta postura belicista de Estados Unidos se da en momentos que se reconoce el descalabro de la política exterior estadounidense en dos frentes: uno, en Afganistán donde 16 años de intervención  “han sido un fracaso, ya que no le hemos puesto fin de una forma que nos beneficie, retirando soldados en lugar de incrementar su presencia” declaró el ex general Jack Keane  en declaraciones efectuadas a la cadena de noticias pro gubernamental Fox News añadiendo que la principal responsabilidad de este fracaso “es de Barack Obama quien nunca se comprometió lo suficiente para cambiar el rumbo de la guerra y por esa razón se está donde se está”. La postura de Keane no refiere a la necesidad de no seguir interviniendo, sino que hacerlo de una forma que implique más tropas y más presencia, lo que augurar un cambio en la postura de Trump con referencia a este país de Asia Central.
En el plano de las pesadillas de Estados Unidos, no sólo se presenta la República Islámica de Irán, Cuba y Afganistán, sino también Siria que tras 6 años de agresión no ha caído bajo el objetivo político-militar  de Estados Unidos y sus aliados regionales como la Casa al Saud, Jordania, la entidad sionista y las Monarquías Ribereñas del Golfo Pérsico. Washington ya ha fracasado ostensiblemente y sólo le queda generar el mayor grado de destrucción con la nación levantina.
Los propios diplomáticos estadounidenses han reconocido el fiasco de Estados Unidos y sus aliados en la idea de derribar al gobierno sirio, bajo la falacia de una Coalición que se supone combatiría a los grupos terroristas takfirí que operan tanto en Siria como en Irak y que han ampliado sus ataques a otras zonas de Oriente Medio y el Magreb. Efectivamente, Robert Ford, ex Embajador de Washington en Siria entre los años  2010 al 2014 afirmó ante el diario en árabe Al Sharq al Awsat – con sede en Londres y publicado también en Arabia Saudí – que “Estados Unidos ya ha fracasado en Siria y ahora es casi imposible alcanzar sus objetivos” constatación que reconoce que la participación de Irán, Rusia, Hezbolá han hecho posible que Washington consiguiera sus objetivos “Yo pensaba que el Ejército se debilitaría y volvería a la defensiva o que los soldados dejarían de luchar. A inicios de 2013, creía que Al-Asad abandonaría el poder, pero Hezbolá entró en la guerra y a finales del año 2013 el denominado Ejército Libre de Siria quedó fuertemente dañado”.
A estos dolores de cabeza que debe enfrentar la administración Trump se une la fortaleza mostrada por Irán en materia de no dejarse amedrentar frente a las amenazas del gobierno estadounidense de ampliar sus sanciones contra la nación persa. Como tampoco dejar de apoyar con fuerza a las sociedades de Irak y Siria en su lucha contra el terrorismo takfirí. Prueba de esta decisión soberana fue  el uso de misiles de propia fabricación lanzados desde territorio iraní a posiciones de Daesh en territorio sirio.
Efectivamente, recordemos que el pasado 18 de junio, las fuerzas de la División Aeroespacial del Cuerpo de los Guardianes de la Revolución Islámica de Irán  dispararon, desde dos provincias iraníes, seis misiles contra las posiciones del grupo terrorista EIIL  - Daesh, en árabe -  en la ciudad de Deir al-Zur, en el este de Siria. acción que despertó las alarmas de la entidad sionista que día a día ve más cercana a las fuerzas de Irán que demuestran día a día su apoyo a los pueblos de Oriente Medio sometidos s la agresión de la triada conformada por el imperialismo, el sionismo y el wahabismo. Irán no ha necesitado vociferar amenazas o hacer declaraciones altisonantes.
El lanzamiento de media docena de misiles – el primer paso de la venganza aprometida contra Daesh - que han recorrido 700 kilómetros hasta dar con su blanco,  han sido la prueba palpable que la república islámica de Irán está dispuesta a todo en materia de su defensa de soberanía pero también en apoyo de quienes han solicitado sus esfuerzos. Ha quedado claro para Estados Unidos y sus socios sionistas y wahabitas que Irán es un adversario  militar admirable, con el cual tendrán que cuidarse tal como lo afirma el Comandante de la fuerza terrestre del Ejército Iraní, general de Brigada Ahmadreza Purdastan “el limitado ataque con misiles ha sido sólo una pequeña muestra del poder defensivo y disuasivo de las fuerzas Armas iraníes y se considera una respuesta aplastante y una advertencia a los que desean avivar el fuego en la región con ambiciones lógicas”.
Buena cuenta de ello tiene que tomar la entidad sionista que ya ha comenzado a advertir que Irán se ha acercado a sus fronteras, lo que es una buena noticia para los pueblos de Palestina, Siria, El Líbano e Irak. Esto en un marco donde varias naciones árabes se han sometido ante la entidad sionista. El Presidente de parlamento iraní, Ali Lariyani criticó esta nefasta realidad al afirmar que “la dependencia de varios Estados islámicos a Israel son un desastre y una mancha de deshonra. La comunidad islámica debe sensibilizarse sobe el destino de Palestina y  mostrar su autoridad en este asunto” concluyó Lariyani centrando en la libertad de Palestina el accionar del Eje de la Resistencia, convertido hoy en la mayor pesadilla para Estados Unidos y sus aliados en Oriente Medio.


EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY

LA ORACIÓN EN EL HUERTO
Por otra parte, El quiere sacar bien del mal, y para ello hace que nuestras faltas y las del prójimo sirvan a la santificación de las almas por la penitencia, la paciencia, la humildad, la mutua tolerancia, etc. Quiere también que, aun cumpliendo el deber de la corrección fraterna, soportemos al prójimo, que le obedezcamos conforme a nuestras Reglas, viendo hasta en sus exigencias y en sus sinrazones los instrumentos de que Dios se sirve para ejercitamos en la virtud. Por esta razón, no temía decir San Francisco de Sales que por medio de nuestro prójimo es como especialmente Dios nos manifiesta lo que desea de nosotros.
Existen profundas diferencias entre la voluntad de Dios significada y la de beneplácito.
1º La voluntad significada nos es conocida de antemano, y por lo general, de manera clarísima mediante los signos del pensamiento, a saber: la palabra y la escritura. De esta manera conocemos el Evangelio, las leyes de la Iglesia, nuestras santas Reglas; donde sin esfuerzo y a nuestro gusto podemos leer la voluntad de Dios, confiaría a nuestra memoria
y meditarla. Las inspiraciones divinas y las órdenes de nuestros Superiores sólo en apariencia son excepciones, pues ellas tienen por objeto la ley escrita, cristiana o monástica. Al contrario, «casi no se conoce el beneplácito divino más que por los acontecimientos.» Decimos casi, porque hay excepciones; lo que Dios hará más tarde, podemos conocerlo de antemano, si a Él le place decirlo; también se puede presentir, conjeturar, adivinar, ya por el rumbo actual de los hechos, ya por las sabias disposiciones tomadas y las imprudencias cometidas. Mas, en general, el beneplácito divino se descubre a medida que los acontecimientos se van desarrollando, los cuales están ordinariamente por encima de nuestra previsión. Aun en el propio momento en que se verifican, la voluntad de Dios permanece muy oscura: nos envía, por ejemplo, la enfermedad, las sequedades interiores u otras pruebas; en verdad que éste es actualmente su beneplácito, más ¿será durable? ¿Cuál será su desenlace? Lo ignoramos.
De nosotros depende siempre o el conformarnos por la obediencia a la voluntad de Dios significada o el sustraernos a ella por la desobediencia. Y es que Dios, queriendo poner en nuestras manos la vida o la muerte, nos deja la elección de obedecer a su ley o de quebrantarla hasta el día de su justicia.
Por su voluntad de beneplácito, al contrario, dispone de nosotros como Soberano; sin consultarnos, y a las veces aun contra nuestros deseos, nos coloca en la situación que nos ha preparado, y nos propone en ella el cumplimiento de los deberes. Queda en nuestro poder cumplir o no estos deberes, someternos al beneplácito o portarnos como rebeldes; mas es preciso aguantar los acontecimientos, queramos o no, no habiendo poder en el mundo que pueda detener su curso. Por ese camino, como gobernador y juez supremo, Dios restablece el orden y castiga el pecado; como Padre y Salvador, nos recuerda nuestra dependencia y trata de hacernos entrar en los senderos del deber, cuando nos hemos emancipado y extraviado.
Esto supuesto, Dios nos pide la obediencia a su voluntad significada como un efecto de nuestra elección y de nuestra propia determinación. Para seguir un precepto o un punto de regla, para producir los actos de las virtudes teologales o morales, nos es precisa sin duda una gracia secreta que nos previene y nos ayuda, gracia que nosotros podemos alcanzar siempre por medio de la oración y de la fidelidad. Pero aun cuando la voluntad de Dios nos sea claramente significada, puestos en trance de cumplirla, lo hacemos por nuestra propia determinación; no necesitamos esperar un movimiento sensible de la gracia, una moción especial del Espíritu Santo, digan lo que quieran los semiquietistas antiguos y modernos. Por el contrario, si se trata de la voluntad del beneplácito divino, es necesario esperar a que Dios la declare mediante los acontecimientos: sin esa declaración no sabemos lo que Él espera de nosotros; con ella, conocemos lo que desea de nosotros, primero, la sumisión a su voluntad, después, el cumplimiento de los deberes peculiares a tal o cual situación que Él nos ha deparado.
San Francisco de Sales hace, a este propósito, una observación muy atinada: «Hay cosas en que es preciso juntar la voluntad de Dios significada a la de beneplácito». Y cita como ejemplo el caso de enfermedad. Además de la sumisión a la Providencia divina será preciso llenar los deberes de un buen enfermo, como la paciencia y abnegación, y permanecer manteniéndose fiel a todas las prescripciones de la voluntad significada, salvo las excepciones y dispensas que puede legitimar la enfermedad. Insiste mucho el santo Doctor sobre que en esta concurrencia de voluntades «mientras el beneplácito divino nos sea desconocido, es necesario adherirnos lo más fuertemente posible a la voluntad de Dios que nos es significada, cumpliendo cuidadosamente cuando a ella se refiere; mas tan pronto como el beneplácito de su divina Majestad se manifieste, es preciso rendirse amorosamente a su obediencia, dispuestos siempre a someternos así en las cosas desagradables como agradables, en la muerte como en la vida, en fin, en todo cuanto no sea manifiestamente contra la voluntad de Dios significada, pues ésta es ante todo». Estas nociones son algo áridas, pero importa entenderlas bien y no olvidarlas, por la mucha luz que
derraman sobre las cuestiones siguientes.

3. OBEDIENCIA A LA VOLUNTAD DE DIOS SIGNIFICADA

Dejamos ya establecido que la voluntad de Dios, tomada en general, es la sola regla suprema, y que se avanzará en perfección a medida que el alma se conforme con ella. Bajo cualquier forma en que llegue hasta nosotros, sea como voluntad significada o de beneplácito, es siempre la voluntad de Dios, igualmente santa y adorable. La obra, pues, de nuestra santificación implica la fidelidad a una y a otra. Sin embargo, dejando por el momento a un lado el beneplácito divino, querríamos hacer resaltar la importancia y necesidad de adherirnos de todo corazón y durante toda nuestra existencia a la voluntad significada, haciendo de ella el fondo mismo de nuestro trabajo. Al fin de este capítulo daremos la razón de nuestra insistencia sobre una verdad que parece evidente.
La voluntad de Dios significada entraña, en primer lugar, los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y nuestros deberes de estado. Estos deben ser, ante todo, el objeto de nuestra continua y vigilante fidelidad, pues son la base de la vida espiritual; quitadla y veréis desplomarse todo el edificio.
«Teme a Dios -dice el Sabio-, y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre».
Podrá alguien figurarse que las obras que sobrepasan el deber santifican más que la de obligación, pero nada más falso. Santo Tomás enseña que la perfección consiste, ante todo, en el fiel cumplimiento de la ley. Por otra parte, Dios no podría aceptar favorablemente nuestras obras supererogatorias, ejecutadas con detrimento del deber, es decir, sustituyendo su voluntad por la nuestra.
La voluntad significada abraza, en segundo lugar, los consejos. Cuando más los sigamos en conformidad con nuestra vocación y nuestra condición, más semejantes nos harán a nuestro divino Maestro, que es ahora nuestro amigo y el Esposo de nuestras almas y que ha de ser un día nuestro Soberano Juez. Ellos nos harán practicar las virtudes más agradables a su divino corazón, tales como la dulzura, y la humildad, la obediencia de espíritu y de voluntad, la castidad virginal, la pobreza voluntaria, el perfecto desasimiento, la abnegación llevada hasta el sacrificio y olvido de nosotros mismos; en ellos también encontraremos el consiguiente tesoro de méritos y santidad. Observándolos con fidelidad apartaremos los principales obstáculos al fervor de la caridad, los peligros que amenazan su existencia; en una palabra, los consejos son el antemural de los preceptos. Según la expresión original de José de Maistre: «Lo que basta no basta.
El que quiere hacer todo lo permitido, hará bien pronto lo que no lo está; el que no hace sino lo estrictamente obligatorio, bien pronto no lo hará completamente.»