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sábado, 19 de agosto de 2017

SOBRE EL AMOR A DIOS. SAN BERNARDO DE CLARAVAL

                                                


V.14. Quien considere todo esto, creo que comprenderá por qué se debe amar a Dios, es decir, por qué merece ser amado. El incrédulo que rechaza al Hijo, tampoco pose al Padre ni al Espíritu Santo. El que no honra al Hijo no honra al Padre que le envió ni al Espíritu Santo su enviado. No es extraño que quien menos conoce menos ame. De todos modos, no ignora que se debe por entero a quien conoce como creador suyo.
¿Y qué puedo hacer yo, si acepto a mi Dios como gracioso dueño de mi vida, generoso administrador, consolador compasivo, guía solícito y redentor incomparable, salvador eterno que me enriquece y glorifica? Escuchemos las Escrituras: De él viene la redención copiosa. Entró una vez en el santuario, realizada la redención eterna.
Hablando de su protección, dice el salmista: No desampara a sus santos, los guardará por toda la eternidad. Y con relación a su generosidad: Una medida buena, apretada, colmada, rebosante, será derramada en vuestro seno. En otro lugar: Lo que ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado, Dios lo ha preparado para los que le aman. Respecto a la gloria: Esperamos al Salvador y Señor Jesucristo, que transformará la bajeza de nuestro ser, reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo. Los padecimientos del tiempo presente no son nada comparados con la gloria que va a revelarse, reflejada en nosotros. Nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa desmesuradamente; y nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve.
15. ¿Cómo podré corresponder yo con el Señor por todos los beneficios? La razón y la justicia natural obligan a entregarse sin reservas a aquel de quien todo lo hemos recibido, amándole con todo nuestro ser. Pero la fe me intima a amarle mucho más porque me hace ver claramente que debo amarle más que a mí mismo. No sólo me ha dado todo lo que soy, sino que se me ha entregado a sí mismo. No había llegado aún el tiempo de la fe, ni se había manifestado Dios en la carne, ni había muerto en la cruz, ni había resucitado del sepulcro, ni había vuelto al Padre; no nos había entregado todavía su gran amor, ese gran amor del que tanto hemos hablado y ya habíamos recibido el mandamiento de amar al Señor nuestro Dios, para amarle con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas. Es decir, con todo lo que somos, sabemos y podemos.
No es injusto Dios al pedirnos esto, ya que en último término nos reclama lo que ha hecho en nosotros y lo que nos ha dado. Si pudiera hacerlo, ¿no amaría el artista la obra de sus manos, y con todas sus fuerzas, puesto que todo se lo debe a él? Pero, en nuestro caso, Dios, además, nos sacó de la nada y nos regaló gratuitamente nuestra dignidad humana. Esto aumenta nuestra deuda de amor y prueba cuán justamente nos lo pide. ¿No elevó al infinito sus favores y derrochó su misericordia cuando salvó a hombres y animales? Si me debo a él por entero al haberme creado, ¿qué no haré por haberme creado de nuevo y de un modo tan admirable? La reparación no fue tan fácil como la creación. Lo mandó y fueron creados, el hombre y todo cuanto existe.
Pero el que hizo en mí tantas maravillas con una sola palabra, para restaurarme tuvo que hablar mucho, hacer muchos milagroso y padecer en duros trabajos, no sólo duros, sino hasta indignos. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? En su primera obra me dio mi propio ser, en la segunda el suyo. Y al dárseme a mí, me devolvió lo que yo era. Si me había dado el ser y me lo ha devuelto, me debo a él por mí, y por doble motivo. ¿Qué puedo ofrecerle a Dios por Dios mismo? Aunque me ofrezca mil veces, ¿qué soy yo comparado con Él?       

CÓMO DEBE SER AMADO DIOS
VI. 16. Al llegar a este punto, fíjate en qué medida, más aún, cómo merece Dios ser amado por encima de toda medida. Vuelvo a resumir brevemente lo que ya he dicho. El nos amó primero. Él, tan excelso, tan extraordinaria y gratuitamente, a nosotros, tan ruines y pobres como somos. Dije también que la medida del amor a Dios es amarle sin medida. Por otra parte, el objeto de nuestro amor a Dios es él mismo, un ser inmenso e infinito. ¿Cuál será la meta y medida de nuestro amor? ¿Y si nuestro amor no puede ser algo que se ofrece gratuitamente, sino una deuda a la que se responde? Nos ama la Inmensidad, la Eternidad y el Amor, que supera toda comprensión. Ama Dios, cuya grandeza es infinita, cuya sabiduría es ilimitada, cuya paz supera todo entendimiento. Y nosotros, ¿le responderemos con medida? ¡Cuánto te amo, Señor, mi fortaleza, mi alcázar, mi libertador! Eres lo más deseable y amable que puede imaginarse. ¡Dios mío, ayuda mía! Te amaré según tú me lo concedas y yo pueda, mucho menos de lo debido, pero no menos de lo que puedo. No puedo amar como debo ni me obliga a más de lo que puedo. Podré más si aumentas mi capacidad, mas nunca llegaré a lo que te mereces. Tus ojos veían mi insuficiencia, pero en tu libro están todos registrados: los que hacen todo cuando pueden, aunque no pueden hacer cuanto deben.
Con esto queda bien explicado, a mi parecer, cómo debemos amar a Dios, y qué méritos tiene para ello. Hablo de los méritos que tiene, y no de cuán excelentes sean. Porque nadie es capaz de comprenderlos, sentirlos y expresarlos.
VII. 17. Veamos ahora cuánto nos beneficia este amor. Pero ¿existe comparación posible entre lo que vemos y al realidad? A pesar de ello, no vamos a dejar de considerarlo, aunque no sea exactamente como lo vemos. Cuando nos preguntábamos, hace unos momentos, por qué y cómo debe ser amado Dios, dije que la pregunta abarca dos aspectos distintos. ¿Por qué? Es decir, por qué razones debemos amarle y cuáles son las consecuencias que se derivan en favor nuestro. Ya he hablado antes de los derechos de Dios, no como se lo merece, sino como yo fui capaz de expresarme. Ahora debo decir algo sobre el premio que Dios otorgará a los que le aman.
PREMIOS AL AMOR DE DIOS
Quien ama a Dios no queda sin recompensa, aunque debamos amarle sin tener en cuenta ese premio. El amor verdadero no es indiferente al premio, pero tampoco debe ser mercenario, pues no es interesado. Es un afecto del corazón, no un contrato. No es fruto de un pacto, ni busca nada análogo. Brota espontáneo y se manifiesta libremente. Encuentra en sí mismo su satisfacción. Su premio es el mismo objeto amado. Si quieres una cosa por amor de otra, amas sin duda aquello que busca tu amor, pero no amas los medios que utilizas para conseguirlo. Pablo no predica para comer: come para predicar; porque el objeto de su amor no es comer, sino anunciar el Evangelio. El auténtico amor no busca recompensa, pero la merece. Al que todavía no ama, se le estimula con un premio; al que ya ama, se le debe; y al que persevera en el amor, se le da.
En la vida ordinaria atraemos con promesas y premios a los que se resisten, no a los que se deciden espontáneamente. ¿Se nos ocurre ofrecer una recompensa a los que están deseando realizar una cosa? Nadie, por ejemplo, da dinero al hambriento para que coma, ni al sediento para que beba, ni menos aún a una madre para que dé de mamar al hijo de sus entrañas. ¿Estimulamos con ruegos o salarios a una persona para que cerque su viña, cabe la tierra de sus árboles o construya su propia casa? Con mayor razón, quien ame a Dios no buscará otra recompensa para su amor que no sea el mismo Dios. Si espera otra cosa, no ama a Dios, sino aquello que espera conseguir.
18. Todos los seres dotados de razón, por tendencia natural, aspiran siempre a lo que les parece mejor, y no están satisfechos si les falta algo que consideran mejor. Por ejemplo, quien tiene una esposa bella, se le van los ojos y el corazón tras otras más hermosas; quien viste buenas ropas, quiere otras mejores; el rico envidia a otro más rico; el que posee grandes fincas y herencias, sigue adquiriendo campos y más campos, aumentando su hacienda con increíble avidez; los que viven en mansiones regias y grandes palacios, no cesan de ampliar los edificios, y llevados de su capricho, derriban, construyen y los cambian de forma. ¿Qué diremos de los hombres encumbrados en el honor? ¿No los vemos insaciables de ambición y ávidos de los más altos puestos? Resulta que nunca consiguen lo que desean, porque en estas cosas nunca existe lo absolutamente bueno y perfecto. Lo cual no es nada extraño. Es imposible que encuentre felicidad en las realidades imperfectas y vanas quien no la haya en lo más perfecto y absoluto.
                                                                                 

Por eso es una gran necedad y locura anhelar continuamente lo que no puede saciar ni aquietar el apetito.
Poseas lo que poseas, codiciarás lo que no tienes, y siempre estarás inquieto por lo que te falta. El corazón se extravía y vuela inútilmente tras Los engañosos halagos del mundo. Se cansa y no se sacia, porque todo lo devora con ansiedad, y le parece nada en comparación con lo que quiere conseguir. Se atormenta sin cesar por lo que no tiene y no disfruta con paz de lo que posee. ¿Hay alguien capaz de conseguirlo todo? Lo poco que se puede alcanzar, y a fuerza de trabajo, se posee con temor; se desconoce cuándo se perderá con gran dolor; y es seguro que un día se tendrá que dejar. Ved qué camino tan recto toma la voluntad extraviada para conseguir lo mejor y cómo corre a lo único que puede saciarla. En estos rodeos, la vanidad juega consigo misma, la maldad se engaña a sí misma. Si quieres alcanzar así tus deseos, esto es, si pretendes lograr lo que te sacie plenamente, ¿qué necesidad tienes de intentar otras cosas? Corres a ciegas y encontrarás la muerte perdido en ese laberinto, y totalmente defraudado.
19. Así se enredan los malvados. Quieren satisfacer sus apetitos naturales, y rechazan neciamente los medios que les conducen a ese fin: no al fin en el sentido de extinción y agotamiento, sino como plenitud consumada. No consiguen un fin dichoso, sino que se agotan en vanos esfuerzos. Se deleitan más en la hermosura de las criaturas que en su creador. Mariposean de una en otra y quieren probarlas todas; no se les ocurre acercarse al Señor de todas ellas. Estoy cierto que llegarían a él si pudieran realizar su deseo, es decir, poseer todas las cosas, menos al que es origen de todas. La fuerza misma de la ambición le impulsa a preferir lo que no posee por encima de lo que tiene y despreciar lo que posee en aras de lo que no tiene. Una vez alcanzado y despreciado todo lo del cielo y de la tierra, se lanzaría impetuoso al único que le falta, al Dios del universo. Aquí sí descansaría, libre de los halagos del presente y de las inquietudes del futuro. Y exclamaría: Para mí lo bueno es estar junto a Dios. ¿A quién tengo yo en el cielo? Contigo, ¿qué me importa la tierra? Dios es la roca de mi espíritu y mi lote perpetuo. De este modo, como hemos explicado, todos los ambiciosos llegarían al bien supremo, si pudieran gozar antes de todos los bienes inferiores.
20. Pero es imposible por la brevedad de la vida, por nuestras pocas fuerzas y porque son muchos los que lo apetece. ¡Qué camino tan escabroso y qué esfuerzo tan agotador espera a los que quieren satisfacer sus apetitos! Nunca alcanzan la meta de sus deseos. ¡Si al menos se contentaran con desearlos en su espíritu, y no querer experimentarlos! Les sería más fácil y provechoso. El espíritu del hombre es mucho más rápido y perspicaz que los sentidos corporales; su misión es adelantarse a éstos en todo, para que los sentidos sólo se detengan en lo que el espíritu les dice que es útil. Por eso creo que se ha dicho: Probadlo todo y quedaos con lo bueno, es decir, el espíritu cuide de los sentidos y éstos no cedan a sus deseos sin la probación del espíritu.
En caso contrario no subirás al monte del Señor, ni habitarás en su santuario, porque prescindes de tu alma, un alma racional. Sigues tras los instintos como los animales, y la razón permanece inactiva, sin oponer resistencia. Aquellos, pues, cuyos pasos no están iluminados por la luz de la razón, corren, es cierto, pero sin rumbo y a la deriva; desprecian el consejo del Apóstol y no corren de modo que puedan alcanzar el premio. ¿Cómo lo van a conseguir si antes quieren poseer todo lo demás? Sendero tortuoso y lleno de rodeos, querer gozar primero de todo lo que se les ofrece.
21. El justo no piensa así. Percibe las tribulaciones de tantos descaminados; pues son muchos los que eligen el camino ancho que lleva a la muerte. Pero escoge para sí otro camino más seguro sin desviarse a la derecha ni a la izquierda. Así lo atestigua el Profeta: La senda del justo es recta. Tú allanas el sendero del justo. Toman un atajo muy práctico y evitan la molestia de tantos rodeos inútiles. Se rigen por un criterio simple y claro: no desear todo lo que ven, sino vender lo que poseen, y dárselo a los pobres. ¡Dichosos los que eligen ser pobres, porque de ellos es el reino de los cielos!
Todos corren, pero hay mucha diferencia de unos a otros. El Señor conoce el camino de los justos, pero la senda de los pecadores acaba mal. Mejor es ser honrado con poco que ser malvado en la opulencia, porque, como dice el sabio y experimenta el necio, el codicioso no se harta de dinero; en cambio, los que tienen hambre y sed de justicia serán hartos. La justicia es un auténtico manjar, vital y natural, del espíritu que se guía por la razón. Por el contrario, el dinero alimenta tanto al alma como el viento al cuerpo. Si vieras a un hombre famélico con la boca abierta y los carrillos hinchados, tragando aire para saciar el hambre, ¿no lo tendrías por loco? Mayor locura es creer que el espíritu humano puede saciarse con bienes materiales. Lo único que hace es inflarse.
¿Existe proporción entre lo corporal y lo espiritual? Ni el cuerpo puede alimentarse del espíritu ni éste de lo corporal. Bendice, alma mía, al Señor. El sacia de bienes tus anhelos. Te llena de bienes, te sostiene y te llena. Él hace que desees, y él es lo que deseas.
22. Dije más arriba que el motivo de amar a Dios es Dios. Y dije bien, porque es la causa eficiente y final. Él crea la ocasión, suscita el afecto y consuma el deseo. Él hace que le amemos, mejor dicho, se hizo para ser amado. A Él es a quien esperamos, Él a quien se ama con más gozo y a quien nunca se le ama en vano. Su amor provoca y premia el nuestro. Lo precede con su bondad, lo reclama con justicia y lo espera con dulzura. Es rico para todos los que le invocan, pero su mayor riqueza es él mismo. Se dio para mérito nuestro, se promete como premio, se entrega como alimento de las almas santas y redención de los cautivos.
¡Señor, qué bueno eres para el que te busca! Y ¿para el que te encuentra? Lo maravilloso es que nadie puede buscarte sin haberte encontrado antes. Quieres ser hallado para que te busquemos, y ser buscado para que te encontremos. Podemos buscarte y encontrarte, mas no adelantarnos a ti. Pues, aunque decimos: Por la mañana irá a tu encuentro mi súplica, nuestra plegaria es tibia si no la inspiras tú.
Y ahora, después de haber hablado de la perfección de nuestro amor, expliquemos su origen.
VIII. 23. El amor es uno de los cuatro afectos naturales. Los conocemos muy bien, y no hay por qué nombrarlos. Si proceden de la naturaleza, lo más razonable es que sirvan, antes de todo, al autor de la naturaleza. Por eso el mandamiento primero y más importante es: Amarás al Señor tu Dios, etc.


viernes, 18 de agosto de 2017

LA VIDA DE MONSEÑOR LEFEBVRE

                                                              

Comandente Lecler
El armisticio fue su única oportunidad: supo aprovecharla para conducir la guerra desde África. El 12 de agosto de 1940 su delegación, dirigida por el Comandante Leclerc, aterrizó en Lagos (Nigeria) y, en dos semanas, llegó sin disparar un tiro a incorporar a la Francia Libre casi todo el África Ecuatorial Francesa (AEF). Sólo Gabón se resistió. El 29 de agosto, en un primer momento, el Gobernador Masson había dado su adhesión por telégrafo, pero los notables, dirigidos por René Labat, protestaron. Luego, el 30 de agosto, llegó a la ensenada de Libreville el submarino Poncelet, como anuncio de los refuerzos enviados desde Dakar por el Gobernador General Boisson, bajo el mando de dos jefes decididos: el General de aviación Tétu y el Coronel Claveau. Finalmente, el parecer del Obispo, Monseñor Tardy, fue decisivo: había que permanecer leales al Mariscal?'. Masson se retractó, pues, el 10 de septiembre.
Leclerc intentó «incorporar» a Gabón por la periferia del país; en el norte, el comandante Dio se apoderó de Oyem; en el sur el comandante Parant se estableció en Mayumba por sorpresa. Pero sólo al precio de combates entre franceses logró Dio tomar Mitzic el 27 de octubre, y Parant, descendiendo el N gounié, consiguió tomar Fougamou, donde el Hermano Odilon se interpuso para evitar un mayor número de muertos. Parant sitió finalmente Lambaréné, que se rindió el 5 de noviembre, después de la muerte de un misionero, el Padre Samuel Talabardon, causada por el estallido de un obús".
                                                    

Charles de Gaulle


«La conquista de Gabón se eternizaba-"; de Gaulle, debilitado por su fracaso ante Dakar el 25 de septiembre, dudaba. Leclerc le arrancó entonces la decisión de un desembarco sorpresa en Libreville, que se llevó a cabo la noche del 8 al 9 de noviembre. Así tuvieron lugar combates fratricidas en las inmediaciones del aeródromo. La situación era todavía indecisa cuando, por la tarde, el aviso Bougainoille, que había abierto fuego sobre el aviso intruso Savorgnan de Brazza, fue hundido por éste.
Esa pérdida decidió la rendición de Libreville, que fue concluida en la noche del 9 al 10. El carguero Cap. des Palmes se transformó en prisión flotante, donde Leclerc encerró a los oficiales, al Gobernador Masson, al Padre René Lefebvre y al propio Obispo".
Antes de su detención, Monseñor Tardy se hizo coser su cinta roja en la sotana, pues quería que lo arrestaran con su insignia de la Legión de Honor" que acababa de concederle el General Weygand en reconocimiento por su fidelidad a la unidad francesa.
El clero se negó entonces a cantar el Te Deum que había sido pedido por Leclerc, y un capellán militar ofició en una catedral vacía de sus fieles habituales, mientras el Comandante Koemg tocaba el armonio. Hicieron falta todos los talentos diplomáticos del Padre Defranould para liberar a Monseñor Tardy, condenado durante seis semanas a arresto domiciliario en Lambaréné, Pero el encarcelamiento del Obispo, que siguió a los combates fratricidas, desorientó a los gaboneses: «No fue una actitud ejemplar; aquello no facilitó nuestro ministerio», concluiría sobriamente Monseñor Lefebvre'", Más tarde Parant asignaría subsidios a las misiones, mientras que uno de los Padres de Gabón se convertiría en capellán de las tropas que Leclerc condujo a través del Sahara hacia el frente de Libia.

7.     Superior en Donguila, entre agosto
de 1940 y abril de 1943
El Padre Henri Guillet, Superior de la Misión San Pablo de Donguila, se había agotado trabajando, especialmente cuando se amplió la iglesia de la Misión; desde enero de 1940 Monseñor Tardy decidió concederle una estadía de seis meses en Francia; el Padre Marcello reemplazaría, decía el Obispo.
«No tenía ninguna objeción que hacer -contaba el aludido al Padre Marcel, cuando me prometió que sería usted quien me reemplazaría» Sin embargo, Marcel tuvo que esperar hasta llegar al mes de agosto, tras un breve reemplazo cubierto por el Padre Defranould,        para llegar a Donguila.  
Este puesto misional, situado en un promontorlo a orillas del estuario, donde las aguas del Como se encuentran con las olas marinas, animaba una antigua cristiandad pahouin, que en 1938 acababa de festejar sus sesenta años. Se componía de una encantadora iglesia de madera con su crucero y campanario, y con los diversos edificios clásicos propios de una misión católica completa.
A partir de 1930 Donguila había empezado a despoblarse debido a la proximidad de Libreville y al intenso comercio existente con la madera. Por suerte los poblados del interior, hacia los Montes de Cristal y hasta la frontera con la Guinea española, también eran objeto del celo evangelizador de los Padres.
Persiguiendo al ladrón
La Misión San Pablo vivía de inmensas plantaciones, cuyo fruto se transportaba en gran parte por barco y se vendía en Libreville. El Hermano Norbert Lorgeray (apodado «Hermano Honor»), nacido en 1878 y residente en Gabón desde 1903, aún se hacía cargo del jardín y de los almacenes. Un domingo, antes de la Misa mayor, corrió a ver al Padre Marcel:
-¡Me han robado todas las cosas del almacén... ! ¡No queda nada: ni ollas, ni sal, ni taparrabos! El Padre Lefebvre amenazó desde el púlpito con suspender la Misa del domingo, lanzando una especie de «entredicho local», hasta que no se denunciara al ladrón. El jefe catequista, Marcel Mebale, no tardó en concluir su investigación: «¡Padre, el ladrón es Fulano de Tal!». El Padre Lefebvre reunió a algunos hombres y atravesó, con la pinaza Colette, el estuario del Como hasta Chinchoua. El Comandante del centro les cedió allí dos guardias, y encontraron al ladrón comiendo en su choza y negando rotundamente el hurto. El Padre estaba a punto de regresar cuando llegó una viejecita: «¡Todos los objetos robados están allí, en los bananeros!», Fueron, pues, y recuperaron todos los objetos, pero mientras tanto el ladrón logró escabullirse en el bosque.
La carpintería, que poseía un gran equipamiento mecánico con motor, el «Saint-Denis», que funcionaba con aceite de palma, provocaba la admiración de los visitantes y ocupaba al Hermano Chanel y a los aprendices. Por último, el Hermano Marin era el albañil de la misión. Fue el Padre Marcel --contaba Étienne Meviane- quien hizo construir el horno de cal que, gracias a la cantera vecina, producía el cemento y las piedras sillares.
El régimen de internado
En Donguila el Padre Marcel fue secundado en un primer momento por un sacerdote indígena, el Padre Auguste; y Paul Lemaire, seminarista y primo del Padre Lefebvre, prestaba ayuda a la Misión mientras esperaba ser admitido a las órdenes. El Padre africano se ocupaba del internado de los 175 chicos, mientras que las cuatro Hermanas de la Inmaculada y la Hermana indígena, bajo la dirección de la Madre Marie-Élisabeth, velaban por el internado de las 68 chicas'?", En el pasado, las Hermanas habían pagado un doloroso tributo a las enfermedades tropicales; el pequeño cementerio de la Misión revelaba el sacrificio ofrecido generosamente por jóvenes vidas religiosas consagradas a la evangelización, como el de Sor Canisius, por ejemplo, fallecida en 1908 a los treinta y ocho años, y el de Sor María Pía, llamada a Dios en 1909 a los veinticuatro años.
Sobre tales fundamentos Dios proseguía su obra de bautismo y de educación cristiana de la juventud gabonesa.
El reclutamiento para las dos «escuelas principales» de la misión era obra de los catequistas del poblado y de los misioneros durante sus giras, que discernían a los niños con mejores cualidades, a quienes enviaban primero a las «escuelas anexas» cuando las había.
El Padre Guillet había dado una sola directiva al Padre Marcel:
Espero -le había escrito- que durante su estadía aquí visitará nuestros anexos. Como usted sabe por experiencia, esas visitas son tan agradables para el misionero como provechosas para los cristianos y catecúmenos, mucho menos agotadoras y más fructíferas que las giras de poblado en poblado. Toda la misión [su territorio] está dividida en ocho centros, incluido Mfoua, que puede llevar dignamente el nombre de anexo'?'.
Cada uno de esos centros contaba con un jefe de catequistas, una choza-capilla y algunas «escuelas anexas», esto es, que dependían de las escuelas de Donguila y preparaban a las mismas.
Además de Mfoua, había anexos en Ekouk, Remboué, Ezene (que el Padre Marcel transfirió a Kango, en el «Consorcio» (una gran sociedad forestal), etc.
Los alumnos del internado de chicos de la misión se dividían así: primero estaban los últimos ingresados, a los que se llamaba «novatos»; después, los que se preparaban para el bautismo y a los que, por estar en segundo año, se daba el nombre -de «veteranos»; y finalmente los «cristianos», bautizados y «comulgados», incluso confirmados, que se preparaban para la salida después de la imposición del escapulario.
Por supuesto, los «cristianos» no dudaban en gastarles bromas pesadas a los «veteranos», y éstos en maltratar a su vez a los «novatos». Los Padres toleraban esas pruebas, que forjaban la moral de sus tropas.
Valentín Obame, que fue sacado de su poblado por el Padre Marcel, decía lo siguiente: Si he llegado hoy a ser alguien, es gracias a él. Se lo debo todo.
El Padre Marcel perfeccionó, por lo demás, el programa de estudios: considerando que no había suficientes cursos, aumentó las horas de clase de dos a cuatro por día107, pero mantuvo el trabajo manual al aire libre al comienzo de la mañana.
La guerra. La fiebre amarilla. La misión en cuarentena
Hasta ese momento, la guerra no había afectado directamente a Donguila. Sin embargo, pronto llegó la terrible noticia de los combates de Lambaréné y de la muerte del Padre Talabardon. Ahora bien, dicho Padre había sido en su momento el segundo del Padre Guillet, y se había dedicado de lleno a Donguila. Por eso, el Padre Marcel envió a las exequias una delegación de diez alumnos de Donguila.
Tiempo después, en una noche, un destacamento de las tropas de Parant desembarcó inesperadamente en Donguila. Embarcados en Chinchoua en una pinaza a la que se habían amarrado las piraguas, una parte de los «sara» chadianos, sorprendidos por las olas, murieron ahogados. Cuando vieron las luces del poblado, los sobrevivientes desembarcaron, pero furiosos contra sus oficiales blancos, amenazaron con matarlos. El Padre Marcel los calmó y los alojó en las aulas.
Ahora bien, semanas más tarde, los chicos cayeron enfermos con cuarenta grados de fiebre: era la fiebre amarilla. La breve estadía de los sara, portadores sanos del virus, bastó para que los mosquitos transmitiesen la enfermedad, mortal para los adultos. El Padre Paul Lemaire, que se desvelaba por los enfermos, fue la primera víctima: murió en la vieja casona de los Padres el 2 de marzo de 1941, seguido de cerca por el Padre Auguste. Era la desolación. Las Hermanas también cayeron enfermas. Se impuso la cuarentena en la misión y se quemó azufre en todos los edificios, comenzando por la iglesia, cuyas hermosas arañas quedaron arruinadas. Hubo que talar los plátanos del Hermano Honor. ¡Qué gran prueba para el Padre Marcel!.
Movilizado contra los italianos. Separación moral
Pero el Padre Marcel Lefebvre no era de los que se lamentaban estérilmente; el Padre jéróme Mba-Békale ocupó el puesto del Padre Auguste, y Donguila recuperó su vida ordinaria, la cual, sin embargo, se vio perturbada un poco después por la movilización del Padre Marcel, esta vez contra los italianos, «que venían, al parecer, de Libia. ¡Pero a los italianos no los vimos nunca!».



jueves, 17 de agosto de 2017

EL KAHAL ORO. HUGO WAS



(EL KAHAL)
(Primera parte)
Dos enemigos en la Sinagoga
El 15 de septiembre de 1887 se levantó el censo de Buenos Aires.
Sobre 433,000 habitantes, aparecieron 366 israelitas, reconcentrados en los barrios del norte y del oeste, en el triángulo que forman las calles de Córdoba y Junín, cortadas al sesgo por el Paseo de Julio.
Ha pasado casi medio siglo. ¿Cuántos son ahora? Lo ignoramos, porque una necia preocupación liberal ha borrado de las planillas de los censos, la pregunta sobre la religión de los censados.
Al pobre estadígrafo a quien se le ocurrió la idea de eliminar ese dato, con una inspiración; digna del boticario Homais, le interesaba más saber cuántos cretinos, tuertos y músicos ambulantes hay en Buenos Aires, que cuántos católicos, protestantes, budistas o teósofos.
En el fondo, lo que deseaba era ocultar oficialmente esta vigorosa realidad argentina: que el país, por inmensa mayoría, es católico.
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(1) Esta nueva edición contiene los dos tomos que en la primera se publicaron bajo el título de
"El Kahal" y "Oro".
Lo cierto es que aquel triángulo se ha extendido ahora sobre kilómetros y kilómetros, hacia el oeste y el sur, y en las vecindades de Callao y Corrientes hay manzanas que hoy contienen más judíos que toda la ciudad en 1887.
Basta ver las calles, al atardecer, cuando los niños vuelven de las escuelas y los viejos se asoman al umbral. Arden las cabelleras de color pimentón de las pequeñas Rebecas y Sarahs, entre las barbas talmúdicas de Salomón, Jacobo y Levy.
Hacia 1887, uno de los más relumbrosos levitones del Pasee de Julio era el de Zacarías Blumen.
Desde hacía cuatro o cinco lustros habitaba tres piezas de la planta baja, con recova, en ese antiguo Hotel Nacional, que existió hasta hace muy poco, esquina de la calle Corrientes, en cuya arcaica muestra se leían estas palabras impresionantes:
"Fundado en 1830". Un siglo ha durado ese hotel aquí, donde una casa envejece en veinte años y una constitución se desacredita a los cincuenta.
A la puerta de su tienda, Blumen tenía suspendida una caña, que los transeúntes se habían acostumbrado a ver, sin explicarse su significado.
Era la Mezuza, que al entrar o salir, tocaba con tres dedos de la mano derecha, que luego besaba.
Esa caña encerraba un pergamino, en que un copista, con la admirable escritura ritual, que no tolera defecto alguno, había escrito seis versículos del Deuteronomio, comenzando por el que dice: "Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es uno... "
Zacarías Blumen, es aquel Matías Zabulón que, con David su hermano mellizo fueron proveedores del ejército aliado durante la guerra del Paraguay, en 1867.                                 

Luego habrá ocasión de referir por qué Matías cambió de nombre y David desapareció.
Con su nueva firma Zacarías fundó una casa de cambio de moneda en la recova del Hotel Nacional. Su clientela principal fueron los marineros y la gente de ultramar, que pululaban en las cercanías del puerto.
Vendiéndoles rubios y zlotis, libras y dólares y hasta monedas asiáticas y africanas, prosperó de tal modo, que a los poco, años pudo instalar un verdadero banco en la calle Reconquista.
No por eso abandonó la recova. Allí se casó con Milka Mir, la de los ojos color de aceituna, que cincuenta años después, se hicieron famosos entre las pestañas negras de Marta Blumen, su nieta.
El gran mundo, que no conoció a Milka, se preguntaba: ¿De dónde saca Marta Blumen esos ojos felinos, soñadores y crueles? Y allí, en el tenducho de la recova, nació el segundo Zacarías Blumen, padre de Marta, el que había de ser, andan de del tiempo, el hombre más rico de Sud América.
Es justo "decir, en honra del primero de los Blumen, que él preparó la grandeza de su hijo y echó los sólidos cimientos de fantástica fortuna.
Vamos a leer su historia.
Una tarde, en el invierno de aquel año, Zacarías Blumen cerró las puertas de hierro de su banco y fué al Hotel Nacional a recoger ciertos papeles.
Levitón negro, relumbroso en codos y omoplatos. Pastelito de felpa, color pasa de uva, cubriendo un cráneo piramidal, mezquinamente guarnecido de cabellos, que descendían en dos tirabuzones sobre las pálidas orejas. Pantalones estrechos y como fundas de clarinetes, cuyos bordes luidos apenas llegaban a la caña de los botines elásticos.
Tez pálida, con la palidez ritual de un cabrito después que o ha sangrado, para que sea koscher (puro) y puedan comeros fieles. Ojos como dos pedazos de hulla, vivos, escrutadores. Barbas retintas y manos suaves, largas, alabastrinas, de uñas enlutadas El Talmud, que dispone minuciosamente cómo deben vivir los judíos, prescribe frecuentes abluciones. Hay que lavarse las manos al levantarse y antes de sentarse a la mesa, pero nada dice de las uñas. Por ello, sin violar la ley ni los Profetas, un buen hijo del Talmud puede llevarlas de cualquier color.                               

AVENIDA 9 DE JULIO. BUENOS AIRES ARGENTINA
La calle Corrientes tiene, a la altura del Hotel Nacional, una agria pendiente, señal de antigua barranca: hasta ese punto llegaba el Río de la Plata hace tres cuartos de siglo.
Zacarías Blumen asciende la rampa, casi pegadito a las paredes, con el andar silencioso y veloz de la cucaracha.
Al llegar a la esquina de la calle 25 de Mayo, siente la correcta del tranvía.
Hace señas y salta a la plataforma, se sienta en la banqueta y extrae su portamonedas, para pagar el viaje, con un mugriento billetito de cinco centavos.
El boletero lo reconoce.
-¡Qué milagro por aquí, don Zacarías!
El banquero responde sonriendo:
-Un paseíto a las quintas para tomar aire.
Las quintas, los caserones coloniales, de vecinos pudientes, con inmensas huertas, y jardines, que a veces ocupaban una manzana entera, estaban en su mayoría al oeste de la ciudad. Pero ya escaseaban, pues el crecimiento de la población obligaba a los propietarios a subdivididas y a venderlas, para aprovechar la enorme valorización de los solares.
Sin embargo, decíase "ir a las quintas" cuando uno salía rumbo al oeste.
En realidad Zacarías Blumen se dirigía a la Sinagoga, donde esa tarde, mejor diríamos esa noche, pues ya se encendía el gas en los faroles públicos, iban a tratar un asunto que le importaba; la venta de la casa solariega de los Adalid, un cuarto de manzana en plena calle Florida.
Extraña y peligrosa costumbre judía, esas ventas que se llaman Hazaka y Meropiié, y se realizan conforme al Talmud, en el secreto de la Sinagoga y en presencia de los grandes dignatarios de la nación. La Sinagoga es dueña virtual de los bienes poseídos por idólatras (pueblos no
judíos) y tiene derecho de ofrecerlos a sus fieles si alguno de ellos lo pide, y de venderlos al mejor postor.
El adquirente paga a la Sinagoga una suma de la que ni un centavo llega al propietario idólatra. Verdad es que éste continúa en posesión de su casa o de su campo, ignorante de la original subasta de que ha sido objeto.
La Sinagoga sólo se obliga, por el precio que recibe, a notificar a los judíos de la ciudad y del mundo entero, la operación que se ha realizado, para que se abstenga, hasta la consumación de los siglos, de pretender la cosa adjudicada, ni comprándola directamente al propietario, según las leyes del país.
Sobre ella sólo tendrá derechos, en adelante, a los ojos de los judíos, el que la adquirió en la Sinagoga.
Y tal notificación implica, además, la prohibición de negociar con el propietario. Solamente el que ha cumplido el privilegio puede prestarle dinero o tratar con él. Lo cual, no significa nada en un país donde Israel no tiene mayor influencia, pero equivale a la ruina a largo plazo, en un país donde el comercio, la prensa y los bancos están visiblemente manejados por los judíos.
Los caballejos del tranvía, cabezas gachas, van pespunteando el camino, a lo largo de las calles.
Esquina de Florida. Justamente la casa de los Adalid, bajo la desabrida luz del gas, en el sitio de las tiendas de lujo, donde se realizan los mejores negocios, y cada vara de terreno cuesta un ojo de la cara.
El banquero Blumen siente la atracción de Florida, torbellino viviente, Maelstrom que bombea la riqueza y la fantasía de todo el país.
Hormiguean los peatones, mientras los suntuosos carruajes se atropellan en la calzada.
Realmente parece un desatino el pretender la casa solariega de una de las más ricas familias argentinas. Blumen sabe que así pensarán todos y espera no encontrar rivales, que hagan subir el precio.
Quiere instalar su banco en Florida, con un inmenso letrero de luces que arroje su nombre como un insulto sobre la ciudad, que ahora se reiría de él, si adivinara sus pensamientos. Pero mañana temblará bajo su garra de financista.
Hace veinte años que vive en el país. Apenas habla su lengua, mas ya en sus venas blancas siente ardores de dueño y señor.
"¡Florida será mía! ¡Y después, Buenos Aires será de mis hijos y después, 'la nación entera de los hijos de mis hijos!"
No faltarán hasta en los miembros del ghetto (barrio judío), quienes lo crean loco de ambición o de avaricia.
¡Peor para ellos, que no ven el porvenir de Israel en un; país que, con virginal inexperiencia y desde la primera hoja de su Constitución, se ofrece a todas las razas del mundo romo una granada que se parte! Todas las razas no son igualmente temibles, porque no todas son igualmente capaces para las conquistas modernas.
Ha concluido la misión de la espada. Ha pasado la era de los cartagineses, romanos, árabes, españoles, franceses, hombres de hierro y de sangre, vencidos y aplastados por las ideas económicas.
Mejor que la espada, el fusil; mejor que el fusil, el cañón; mejor que el cañón, el oro. Quien maneje el oro, mandará más que César, más que Felipe II, más que Napoleón.
Pero así como no todas las razas fueron capaces de manejar la espada, no todas son capaces de manejar el oro.
Esto piensa Blumen, encorvado sobre el asiento. ¡Parécele sentir el carro del Anticristo, sobre ruedas de oro, tirado por los economistas cristianos
-¡Dentro de medio siglo habrá llegado! ¡Y será el Mesías! Su agitación esta! que otros pasajeros lo notan y el boletero se le acerca.
-¿Está enfermo, don Zacarías?
El banquero lo mira, atolondrado, completamente en la luna, y sin responderle se agacha y vuelve a soñar.
En las bocacalles hay un farol, debajo del cual algún impaciente, que acaba de comprar un diario de la tarde, "El Nacional", o "Sud América", devora las noticias. El oro sube, las acciones en la Bolsa bajan, en la Cámara de Diputados se pronunciar discursos amenazantes. Rumores de revolución. Las horas del gobierno están contadas.
Zacarías Blumen sueña que algún día sus hijos o los hijos de sus hijos serán diputados o ministros; tal vez uno de ellos presidente de la república. Toda su fortuna y todo el poder de la Sinagoga se arrojarán en el platillo de la balanza. ¿Quién podrá vencerlo? En verdad, no tiene más que un hijo, linfático muchachito de trece años, que ha heredado su nombre, sus venas blancas, su nariz fina. Pero cuando él se case, con una muchacha argentina, cristiana de religión, ella será más fecunda que 'la bella Milka Mir.
La estridente cometa del mayoral rompe el frágil tul de sus visiones. El sueño y el viaje han terminado. Desciende. Calle lóbrega, con aceras de ladrillo y calzada de tierra, la calle de la Sinagoga, casi en los extramuros del oeste.
Los pocos zaguanes vecinos cerrados a esa hora. Un farolito, de trecho en trecho, y algunas sombras, que se deslizan a lo largo de las paredes y de pronto se hunden en mayor oscuridad.
Zacarías piensa: Cuando solamente la mitad del oro del mundo, esté en manos judías, la Sinagoga, o más propiamente, el Gran Kahal de París o de Nueva York, con un solo signo, podrá desencadenar tan grande crisis en el mundo, que las naciones cristianas perezcan de hambre y se vendan ellas mismas a Israel.
Y se cumplirán las promesas del misterioso Salmo 47, que los judíos leen siete veces el día de año nuevo (Rosch Haschama) entre los horripilantes aullidos de un cuerno de carnero que sólo esa vez se toca: "Pueblos, batid palmas y celebrad a Dios con gritos de alegría. Porque Jehovah, el Altísimo, someterá y arrojará a vuestros pies a todas las naciones."
Con esto llegó a la puerta de la Sinagoga, que miraba al occidente, y estaba entornada. La empujó, haciendo deslizarse la piedra que la mantenía, entró y volvió a cerrada.
Es el vetusto caserón de una quinta, lugar de recreo de algún rico, en tiempos de los españoles. Entonces, aquel punto de la ciudad era la plena campaña y las casas tenían humos de fortalezas, con sus espesos paredones, sus sólidas rejas, sus puertas infranqueables.
Una lámpara a kerosene colgada en el zaguán, apenas alumbraba el primer patio, circundado de galerías con gruesos rilares. Luego otro zaguán y otra lámpara, que oscila en el viento; un segundo patio sin galerías, con un aljibe y un parral, a manera de toldo; y más allá, detrás de una tapia, la huerta de naranjos, tan sombría, que ya al atardecer causa miedo.
Allí está la Sinagoga; y allí funcionan los dos supremos tribunales que mantienen la unidad y la fisonomía de los judíos: el Kahal y el Beth-Din.
Los cristianos piensan que ser judío es profear la religión judaica. No se imaginan que es otra cosa: que es pertenecer a una nación distinta de aquella en que se ha nacido o se vive.
Suponen que la Sinagoga no es más que el templo del culto israelita. Ignoran que es, además, su Casa de gobierno, su Legislatura, su Foro, su Tribunal, su Escuela, su Bolsa y su Club.
La Sinagoga es la clase de uno de los hechos más sorprendentes de la historia.
Los fenicios, los caldeos, los asirios, los egipcios, los me· das, los persas, los cartagineses, han desaparecido.
mientras que los judíos, sus contemporáneos y alguna vez sus siervos, han perforado los siglos, han llegado a nosotros, y con admirable orgullo nacional, se proclama el pueblo anunciado por la Sagrada Escritura para dominar el mundo.
De la antigüedad, anegada en el diluvio de los pueblos cristianos, no queda más que la Sinagoga, insumergible, como el arca de Noé, con su tripulación escogida, sus leyes, sus costumbres, sus ritos, su sangre, y hasta las líneas indelebles de su rostro.
La Sinagoga es el alma del judaísmo.
Y el alma de la Sinagoga no es la Biblia, es el Talmud.
Y el alma del Talmud es el Kahal.
Pero, ¿quién sabe, sobre todo, quién osa explicar exacta mente lo que es el Kahal? En un ángulo de aquella vieja mansión de galerías enladrilladas y patio con aljibe y parral, había un pedazo de pared sin revoque, en memoria de Jerusalén y su templo destruido y un letrero que decía: Zescher la shorban (recuerdo de la desolación).
Y en otra esquina un largo tronco de palmera, que asomaba, como un mástil, por arriba de los techos.
Solamente quienes conocían el ritual comprendían su sentido. La Sinagoga, donde funciona el sagrado Kahal, tiene que ser la construcción más alta de la ciudad.
Cuando no pueden levantar una torre, erigen un mástil.
Los rabinos son los más ingeniosos casuistas del mundo.
El mástil era una solución allá por 1887. Ahora no basta, por culpa de los rascacielos, cada día más audaces. ¿Dónde hallar palmeras más altas que un vigésimo piso? Y los rabinos se han vuelto a sumergir en el estudio de la Mischna, que es la Ley escrita, y de la Guemara, comentarios de la Ley por los antiguos rabinos. Y ciertamente en esa vasta colección de libros que forman la Mischna y la Guemara, y a la cual se da el nombre de Talmud, acabarán por hallar algún versículo que los libre de rehacer sus sinagogas.
Entretanto-recurso de emergencia-, han discurrido alquilar, para ciertas ceremonias, el último piso del más alto rascacielo de la ciudad, que las más de las veces, pertenece a un buen hijo del Talmud.
¿Qué son, pues, el Kahal y el Beth Din? Desde que un judío toca los umbrales de la vida, hasta que sus despojos, lavados con agua en que se han hervido rosas secas y envueltos en un taled se encierran en la “casa de los vivos” (Beth hachaim), vive secretamente sometido al Kahal.
Tribunal misterioso, como una sociedad de carbonarios, existe dondequiera que hay judíos.
Si son pocos y la comunidad es pobre, se le llama Kehillah.
Si son muchos y tienen rabino y Sinagoga, ya es un Kahal, que manda sobre todo los Kehil1ahs de la región.
Y si se trata de una capital populosa, donde habitan millaales de hebreos, se instala un Gran Kahal, con jurisdicción sobre todos los Kahales del país.
Hace medio siglo, los trescientos y tantos judíos de Buenos Aires no hubieran obtenido en Europa o en los Estados Unidos más que un modesto Kehillah. Sin embargo, concedióseles un verdadero Kahal, en atención a las riquezas del país y a las ilimitadas perspectivas que sus leyes sabias y generosas y su hospitalaria población ofrecen al pueblo de Sión.
Esperanzas que no se defraudaron. Hoy Buenos Aires tiene la honra de poseer un Gran Kahal, la suprema autoridad de innumerables Kahales y Kehillahs erigidos en ciudades y pueblos argentinos, que sólo dependen a su vez, del Gran Kahal de Nueva York, verdadero Vaticano judío.
Aunque sean varios los miembros del Kahal, la acción se la imprime el más enérgico; y ése puede ser un ilustre Rosch (jefe), un Gran Rabino o un simple 1kur (vocal) y hasta un modesto Schemosch (secretario) que se haya hecho conferirla temible facultad de perseguidor secreto, o sea de ejecutor de las altas decisiones del tribunal.
El Kahal es un soberano invisible y absoluto.
Comercio, política, religión, vida privada en sus detalles más minuciosos (relaciones entre padres e hijos, entre marido y mujer, entre amos y criados) todo está regido por el Talmud y controlado por el Kahal, que es su expresión comcreta
                                                        
Clásica familia judía 

miércoles, 16 de agosto de 2017

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY

                                                         


3. OBEDIENCIA A LA VOLUNTAD DE DIOS SIGNIFICADA
La obediencia a la voluntad de Dios significada es, por consiguiente, el medio normal para llegar a la perfección. Y no es que queramos desestimar, ni mucho menos, la sumisión a la voluntad de beneplácito, antes proclamamos su alta importancia y su influencia decisiva. Pues Dios con esa su voluntad nos depara y escoge los acontecimientos en vista de nuestras particulares necesidades, prestando de esta manera a la acción benéfica de nuestras reglas un apoyo siempre utilísimo y a veces un complemento necesario; apoyo y complemento tanto más precioso cuanto nos es más personal, al contrario de las prescripciones de nuestras reglas, que por fuerza han de ser generales. Sin embargo, no es menos cierto que la obediencia a la voluntad significada sigue siendo, en medio de los sucesos accidentales y variables, el medio fijo y regular, la tarea de todos los días y de cada instante. Por ella es preciso comenzar, por ella continuar y por ella concluir.
Hemos juzgado conveniente recordar esta verdad capital al principio de nuestro estudio, a fin de que los justos elogios que han de tributarse al Santo Abandono no exciten a nadie a seguirle con celo exclusivo, como si él fuera la vía única y completa. Forma, a no dudarlo, una parte importante del camino, pero jamás podrá constituir la totalidad. De otra suerte, ¿para qué guardamos la obediencia? Al descuidaría nos perjudicaríamos enormemente, sobre todo si se atiende a que durante todo el día, desde que el religioso se levanta 20 hasta que se acuesta, casi no hay momento en que le deje de la mano y en que no lo dirija con alguna prescripción de regla; además, que la voluntad de Dios sea significada de antemano o declarada en el curso de los acontecimientos, siempre tiene la obediencia los mismos derechos e impone los mismos deberes y no nos es dado escoger entre ella y el abandono; ambos deben ir de acuerdo y en unión estrechísima.
Ofrécese la oportunidad de señalar aquí ciertas expresiones peligrosas. Decir, por ejemplo, que Dios «nos lleva en brazos» o que nos hace adelantar «a largos pasos» en el abandono, y al revés que nosotros damos «nuestros cortos pasos» en la obediencia, ¿no es acaso rebajar el precio de ésta y encarecer con exceso el valor del primero? Si sólo se considera su objeto, la obediencia, es cierto, nos invita por lo regular a dar pasos cortitos; mas, pudiéndose contar éstos por cientos y por miles al día, su misma multiplicidad y continuidad nos hacen ya adelantar muchísimo.
La constante fidelidad en las cosas pequeñas está muy lejos de ser una virtud mediocre; antes bien, es un poderoso medio de morir a sí mismo y de entregarse todo a Dios; es, llamémosle con su verdadero nombre, el heroísmo oculto. Por
lo demás, ¿qué impide que nuestros pasos sean siempre largos y aun más largos? Para ello no es necesario que el objeto de la obediencia sea difícil o elevado, basta que las intenciones sean puras y las disposiciones santas. La Santísima Virgen ejecutaba acciones en apariencia vulgarísimas, mas ponía en ellas toda su alma, comunicándoles así un valor incomparable. ¿No podríamos, en la debida proporción, hacer nosotros otro tanto? El abandono a su vez se ejercitará más frecuentemente en cosas menudas que en pruebas fuertes. Además, no es cierto que Dios por su voluntad de beneplácito nos «lleve en brazos» y nos haga avanzar sin trabajo alguno de nuestra parte.
Ordinariamente al menos, pide activa cooperación y personal esfuerzo del alma, cuyo espiritual aprovechamiento guarda relación con esa su buena voluntad. Y al revés, ocasiones habrá en que por desgracia contrariemos la acción de Dios, enorgulleciéndonos en 1a prosperidad, rebelándonos en la adversidad; en cuyo caso también caminaremos a largos 21 pasos, pero hacia atrás.
Dos cosas dejamos, pues, asentadas: primera, que debemos respetar ambas voluntades divinas, esto es, obedecer generosamente a la voluntad significada y abandonarnos con confianza a la de beneplácito; y segunda, que así en la obediencia como en el abandono Dios no quiere en general santificarnos sin nosotros; siendo, por tanto, necesario que nuestra acción concurra con la divina, y ello en tal forma que la buena voluntad venga a ser la indicadora de nuestro mayor o menor progreso.
4. CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE BENEPLÁCITO
Al reservar el nombre de obediencia para indicar el cumplimiento de la voluntad significada, y el de la conformidad  para indicar la sumisión al beneplácito divino, hemos creído seguir el uso más generalizado; con todo, preciso es reconocer que reina una gran divergencia sobre este punto.
San Alfonso en particular expresa frecuentemente las dos cosas bajo el nombre de conformidad. Será, pues, necesario atender al contexto para ver en qué sentido toman los autores estos términos.
Como todas las demás virtudes, la conformidad con la Providencia, o la sumisión al beneplácito de Dios, abarca muchos grados de perfección, ora se mire la acción más o menos generosa de la voluntad, ora se considere el motivo más o menos elevado de esta adhesión.
1º Tomando por base de esta clasificación la generosidad con que adaptamos nuestro querer al de Dios, el P. Rodríguez reduce estos grados a tres: «El primero es cuando las cosas de pena que suceden, el hombre no las desea ni las ama, antes las huye, pero quiere sufrirías antes que hacer cosa alguna de pecado por huirías.
Este es el grado más ínfimo y de precepto; de manera que aunque un hombre sienta pena, dolor y tristeza con los males que le suceden, y aunque gima cuando está enfermo y dé gritos con la vehemencia de los dolores, y aunque llore por la muerte de los parientes, puede con todo eso tener esta conformidad con la voluntad de Dios.
»El segundo grado es cuando el hombre, aunque no desea los males que le suceden, ni los elige, pero después de venidos los acepta de buena gana por ser aquélla la voluntad y el beneplácito de Dios: de manera que añade este grado al primero, tener alguna buena voluntad y algún amor a la pena por Dios, y el quererla sufrir no solamente mientras está de precepto obligado a sufrirla, sino también mientras el sufrirla fuera más agradable a Dios. El primer grado lleva las cosas con paciencia; este segundo añade el llevarlas con prontitud y facilidad.
»El tercero es cuando el siervo de Dios, por el grande amor que tiene al Señor, no solamente sufre y acepta de buena gana las penas y trabajos que le envía, sino los desea y se alegra mucho con ellos, por ser aquélla la voluntad de Dios».
Así es como los Apóstoles se regocijaban de haber sido juzgados dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús, y San Pablo rebosaba de gozo en medio de sus tribulaciones.
¿Nos será permitido observar que el amor de donde procede el segundo grado puede muy bien ser el amor de esperanza, y que la diferencia entre este segundo grado y el tercero tal vez estuviera declarada mejor de otro modo? Esta clasificación es comúnmente admitida, de suerte que aun variando los detalles, según los autores, el fondo es el mismo. La encontramos ya en nuestro Padre San Bernardo, y hasta nos parece que nadie ha estado tan acertado como él, ni en precisar los grados ni en señalar los motivos. Recuerda las tres vías clásicas de los principiantes, de los proficientes y de los perfectos, asignándoles por móviles respectivos, el temor, la esperanza y el amor; y luego añade: «El principiante, impulsado por el temor, sufre la cruz de Cristo con paciencia; el proficiente, impulsado por la esperanza, la lleva con gusto; el que está consumado en la caridad la abraza ya con amor».
2º Atendiendo al motivo de nuestra conformidad con el beneplácito de Dios, distinguiremos la que proviene de puro amor, y la que procede de cualquier otra causa sobrenatural.
En opinión de San Bernardo, a los principiantes que no poseen por lo general sino la simple resignación, esta conformidad les viene del temor; los proficientes, en cambio, llevan la cruz con gusto, y su conformidad es más elevada que la anterior y tiene por causante la esperanza; los perfectos abrazan la cruz con ardor, y esta perfecta conformidad es el fruto del amor divino.
Entiéndese fácilmente que el temor basta para producir la simple resignación; mas para que la sumisión crezca en generosidad, para que suba hasta el gozo menester es suponer un desasimiento más completo, una fe más viva, una confianza en Dios más firme. Con todo no es necesariamente hija del puro amor, ya que a tales alturas puede muy bien elevarnos el deseo de los bienes eternos. Un alma ansiosa del cielo tendrá por gran dicha las pequeñas pruebas y aun las grandes tribulaciones, según se hallare de penetrada por las seductoras promesas del Apóstol. «No son de comparar los sufrimientos de la vida presente con la futura gloria que se ha de manifestar en nosotros. Nuestras tribulaciones tan breves y ligeras nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria».
Hay, en fin, la conformidad por puro amor, que es en sí la más perfecta, porque nada hay tan elevado, delicado, generoso y perseverante como el amor sobrenatural. Ahora bien, puesto que la caridad es para todos un mandamiento, no hay al parecer, un solo fiel que no pueda emitir, al menos de cuando en cuando, actos de conformidad por amor, actos que él producirá mejor y con más gusto, conforme fuere creciendo en caridad. Y aun día vendrá cuando, viviendo principalmente por puro amor, también por puro amor se conforme con las disposiciones de la Providencia, por lo menos de una manera habitual. Más también, así como el alma adelantada puede elevarse de continuo en el amor santo, así igualmente podrá crecer sin cesar en la conformidad que nace del amor.
Esto supuesto, ¿qué lugar ocupa el Santo Abandono entre los mencionados grados de espiritual conformidad? Indudablemente, el más encumbrado, y eso ya se mire a la generosidad de la sumisión, ya al móvil de la misma.
Si se atiende a la generosidad, el Santo Abandono sólo parece hallarse satisfecho en el grado superior; no así el primer grado, es decir, en resignación, que no sube tan alto, y que basta para la simple vida cristiana, pero no para la vida perfecta, eso fuera de que no implica el total desasimiento y la total entrega de la voluntad que es inherente al abandono; y lo mismo se diga de lo que hemos llamado segundo grado, que con ser más generoso que el anterior aún carece del completo desapego, sin el cual no podría el alma mostrarse indiferente a todo y poner enteramente su voluntad en manos de la Providencia.